La quinta columna

Jaime / Rocha

Lampedusa

El deterioro político, social, económico y ético alcanza cotas que asustan. Nuestras sociedades occidentales están corruptas, el relativismo se ha adueñado de nuestras vidas. Actuamos como si no existieran límites para nada, como si las leyes que regulan nuestro comportamiento en sociedad no fueran para nosotros. Nos escandalizamos, el tiempo imprescindible, ante un nuevo caso de corrupción, un asesinato, la muerte masiva de emigrantes, los actos terroristas, o la violencia ejercida por grupos políticos radicales de uno u otro signo.

Se ven escenas desgarradoras en los informativos mientras seguimos nuestras vidas. A veces ocurren a muchos kilómetros y otras a nuestro lado, es igual. Mientras no nos afecte directamente o a uno de los nuestros, no habrá reacción, no moveremos un dedo por aliviar el mal causado o prevenir futuros males.

Nos encogemos de hombros y pensamos que ya existen políticos, jueces, policía, médicos y todo tipo de profesionales que cobran por prevenir o remediar esos males, sin ser conscientes de que una buena parte de culpa es nuestra.

El Papa Francisco ha pronunciado una frase en la isla de Lampedusa ante los cientos de emigrante muertos: "Esto es una vergüenza". No se refería solo a los políticos que, con frecuencia, miran para otro lado ante dramas como este, se refiere a estas sociedades de la opulencia y las grandes fortunas que no hacen nada para evitarlo. La culpa es nuestra, es una culpa colectiva. Las últimas generaciones de países occidentales han abandonado valores como la solidaridad, la ética, el respeto a la vida humana, el sentido de lo moral y en general, todos esos valores que dan al ser humano una dimensión transcendente.

Los sistemas educativos que han formado a las generaciones actuales no se han ocupado en absoluto de estos aspectos, más bien han adolecido de referencias morales. Aborto, eutanasia, terrorismo, violencia, corrupción no son más que manifestaciones de esa falta de valores morales.

Que existen excepciones nadie lo duda, nadie que conozca el trabajo desinteresado de miles de ciudadanos, pero es un milagro que en este caldo de cultivo puedan florecer seres humanos en toda la extensión de la palabra.

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