Kafka en la comisaría

La ventanilla única es una utopía anti kafkiana que estamos muy lejos de conseguir

La promesa política perfecta es la ventanilla única porque nunca se cumple. Ni para emprender ni para un trámite burocrático. Para sacar el DNI de mis hijos ya había pedido cita previa, fui a hacerles las fotografías y saqué del Registro su partida de nacimiento; además cogí mi DNI, el Libro de Familia y los pasaportes. Como era de prever, no bastaba.

Tuve que ir corriendo a por un aval de empadronamiento. Volví. Estaba todo. Eran 24 euros, sólo tenía 20 y no se podía pagar con tarjeta. Corrí a un cajero. Volví. ¿Ya? No: a mi DNI se le había caído el chip. Había que renovarlo. Lo decían con la mejor de las sonrisas. Yo no perdía la mía. Lo hicieron rápido.

¿Ya? No. No. En el papel del registro yo constaba como Enrique, pero en mi DNI consto como Enrique José, en ingenuo homenaje a mi abuelo Pepe. Era un error insalvable: podíamos ser dos personas distintas. Alegué ante la amable funcionaria y luego ante la solícita jefa que era imposible que existiesen dos padres de Carmen y Enrique con los mismos apellidos, el mismo número de DNI, la misma dirección, la misma esposa y la misma fecha de nacimiento. Mis dotes de convencimiento se estrellaban contra una posible identidad doble. «En ese caso, los dos están aquí», dije yo o dijo el otro, con el desasosiego de un Pessoa. Ninguno servía. Aduje que, si se tratase de hacerme llegar una multa, no habría tantos remilgos nominalistas, que Hacienda bien que cruzaba los datos informáticos y que el reconocimiento facial lo usaban que daba gusto. Me preguntaron si estaba proponiendo que la Policía Nacional se saltase la ley. Agaché la cerviz.

A mi hija le dio un mareo y le trajeron un vaso de agua. Mi hijo sugirió entonces, sin vergüenza, que para el mareo le sentaría, mucho mejor que el agua, que le diesen ya el DNI. El trato era exquisito, aunque inflexible. Unos robots no hubiesen salido más positivistas. El Estado, que debe de estar satisfecho con tanto escrúpulo, tendría que concederles una medalla al Mérito Reglamentario en la Gran Orden de la Puntillosidad.

A la salida, me sentía como vejado y la niña iba aturdida, pero vi que mi hijo andaba sospechosamente radiante. ¿Cómo, por qué? Había aprovechado para mangar a una gomilla y un par de clics… ¡a la policía! Como tenemos que volver, ya los devolveré; lo malo es que parece que este niño ha heredado mi anarquismo reaccionario. Cuánto va a sufrir la criatura en la vida.

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