DECIR Jueves Santo en Cádiz es decir cita en Santa María. Hoy me será difícil concentrar en estas pocas líneas lo que significa en mi vida la pertenencia a la cofradía del Nazareno.

Gracias, querido lector, por dedicarme unos minutos de tu tiempo, porque solo tú puedes comprender lo que se siente el día que nuestra hermandad pone su cruz de guía en la calle. A las ocho menos cuarto abriremos las puertas de Santa María. Una vez más, un clamor recorrerá las calles del barrio y Cádiz vivirá uno de los momentos más intensos de su Semana Santa. La presencia del Nazareno enciende la fe y consuela todo sufrimiento. Las sensaciones que se experimentan son indescriptibles, las miradas fijas en su sereno rostro se desbordarán de devoción, pasión y amor. Vítores, piropos y aplausos se suceden expresando el sentir de los gaditanos, aunque muchos no lo comprendan.

Los que tenemos el privilegio de acompañarle toda la noche no dejamos de estremecernos cuando contemplamos el llanto desconsolado de una madre que suponemos le implora ayuda, o cuando un anciano le da las gracias porque un año más lo ve desde su ventana, intuyendo que quizá sea el último.

Sólo se oyen las horquillas, pasa el Nazareno y entonces una saeta rompe el silencio, los penitentes alumbrarán con sus cirios la noche y el sonido de las horquillas marcará el paso lento pero constante de una cuadrilla de hermanos que cada Jueves Santo se deja el alma.

En la madrugada de nuevo Cádiz y el Nazareno se citan en el Campo del Sur. Son los últimos minutos de un encuentro entre el pueblo y su Redentor. Cuando se cierren las puertas, serán los gaditanos los que cada viernes le devolverán la visita.

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