La irrupción de Vox ha insuflado ánimos a los populares y le ha borrado la cara de perdedor a Juancho Ortiz. El candidato del PP, hasta el 2 de diciembre, vagabundeaba por Cádiz con semblante preocupado. Y para tratar de animarle, los suyos le decían: "Recuerda que quien se va a estrellar eres tú, así que haz lo que tengas que hacer". Si ya era difícil igualar los resultados de Teófila, más complicado se antojaba hacerle frente a un José María González cada vez más favorito en las quinielas. Ortiz era tan consciente, que apenas disimulaba su temor a encabezar una lista perdedora, que obligara a su formación a reinventarse tras los comicios. Los casos de corrupción que derribaron a Rajoy y la apertura en canal de su formación tras unas primarias a cara de perro dibujaron negros nubarrones en su horizonte. El PP parecía tan condenado a atravesar el desierto, que Juanma Moreno asistió a su propio funeral antes del recuento electoral. Poco después volvió a la vida, gracias al insospechado resultado de Vox, con la presidencia de la Junta en su mano. Si antes todo el mundo creía saber lo que iba a pasar, ahora qué sabe nadie. Vox lo ha cambiado todo y sólo así se entiende que Pablo Iglesias se arrepienta de no haber condenado antes la situación de Venezuela. Puede ser casual, como que ondee de nuevo la bandera española en plaza Sevilla, pero no lo parece.

De golpe y porrazo, Juancho recuperó la sonrisa, como Juanma Moreno, y ahora pasea por Cádiz con paso alegre, porque por primera vez vislumbra que la victoria es posible, gracias a una hipotética alianza con Cs y el inestimable apoyo de Vox, desde la barrera, a imagen y semejanza de los pactos que se están negociando en Sevilla. No lo tiene ni mucho menos hecho, pero al menos ha recobrado la ilusión. Y su entusiasmo actual es directamente proporcional al disgusto de los socialistas y los podemitas. Desde que Pedro Sánchez se adueñó de La Moncloa, el socialista Fran González se las prometía felices pensando en auparse al poder con el respaldo, entre otros grupos, de Cs, como se había fraguado en la Junta. Pero ahora no sólo ha de temer al impulso del bloque de derecha, quizá le preocupa más que Rivera haya ordenado a los suyos que a los socialistas ni agua, porque su adversario ahora se llama Pedro Sánchez.

Aun así, el alcalde de Cádiz es quien más tiene que perder. Su camino parecía de rosas para mantenerse en el poder. Ni su caótica gestión parecía desgastarle en exceso, por lo que se limitaba a verlas venir, dosificando sus apariciones públicas. Pero con el ascenso de Vox, González tendrá que apagar el piloto automático, remangarse y exponerse más, si no quiere perderlo todo. Máxime, a la vista de episodios como el del alumbrado navideño, otra muestra de la falta de pulso de su gobierno. Señalar a los técnicos ha sido una torpeza, y anunciar una investigación para analizar la causa del desaguisado es de chiste. Pronto tendrá la oportunidad de resarcirse con el exorno del Carnaval o de hundirse aún más. Juancho, en cualquier caso, ha visto una luz al final del camino, y seguramente pasará a la acción, lo que obligará al alcalde a dar su auténtica talla, y al candidato del PP a demostrar que tiene carisma.

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