Obituario

Juan Carlos Campo

Ministro de Justicia

Juan del Río, in memoriam

El magistrado Juan del Río, en una fotografía de archivo.

El magistrado Juan del Río, en una fotografía de archivo. / DC

Ningún día de San Isidro volverá a ser igual. En los momentos de la pérdida, como en ningún otro y aunque parezca contradictorio, la vida sale a borbotones. Y lo hace en forma de memoria. Y eso me sucede hoy a mí, cuando la tristeza me embarga por el fallecimiento de Juan Del Río. Son días oscuros, que con la partida de Juan se tornan más oscuros, si cabe. Son días de enorme dolor que se retuercen en el alma.

La muerte, aunque sea a una edad avanzada, nos golpea como si no la hubiéramos previsto. Sabemos que llega, pero nuestra humanidad nos empuja a no imaginarla. Nos invade la ausencia. Y en ese espacio que queda, no podemos elegir entre llorar su partida y alegrarnos de la buena vida que vivió y la parte que nos regaló a los demás. Así me sentí al recibir la noticia, justo antes de comenzar una videoconferencia con compañeros de nuestra carrera judicial.

Y también ocurre, me ocurre, que los recuerdos sobre los muchos años de amistad, y también de ejercicio profesional, se me presentan con una nitidez sorprendente. Juan fue mi preparador para esa carrera de obstáculos que es la oposición a juez. Espero haberle demostrado en vida cuánto agradecimiento, admiración y cariño me inspiraba. No miento si digo que su magisterio conmigo no solo se limitó a esa preparación, creo que me aportó cosas esenciales para mi trayectoria profesional futura y, por supuesto, para mi desarrollo personal. Tuve siempre el regalo de su amistad, el regalo de su sabiduría, y no me refiero solo a la jurídica, y el enorme regalo de que la quisiera compartir conmigo.

Juan, don Juan mientras opositaba, era tan inflexible como comprensivo, tan riguroso con el buen derecho como dulce para enseñarlo. Cómo me enseñaba lo que veía que llegaba a “cantar” pero no aprehendía. Tenía contraída con el opositor una responsabilidad ante la que nunca cedía. Daba igual el día o el acontecimiento que le reclamara. Y recuerdo como le decía a sus hijos, el día del examen, que el teléfono no se podía usar porque tenía que llamar el opositor. Así era. Persona lúcida, culta, con un gran conocimiento del derecho y de la impartición de Justicia y, sobre todo, con una pasión por la Justicia que nos contagió a quienes tuvimos la suerte de ser sus discípulos.

Jamás dejó de mirar a la persona que se escondía tras el litigio. Siempre decía, por muy menor que fuera el problema jurídico, que teníamos que dignificar lo pequeño y cómo cuando uno tiene un problema y acude a los tribunales es porque para él es muy grande.

En poco se transformó en compañero, pero sobre todo en amigo y maestro de vida. Recuerdo su facilidad para la alteridad; recuerdo conversaciones interminables sobre literatura, cuántos autores que hoy siento como mis referentes, me descubrió; sobre cine no había manera de ganarle, siempre había visto la última película. Recuerdo, entre risas, cuando tras una cena, siempre sin carne, y ya el cansancio haciendo mella en todos nosotros, como le decía a Isabel, su compañera de vida y mujer maravillosa: vámonos, pero ya te dije que debías haber dormido algo de siesta que salíamos con Juan Carlos. Recuerdo oírle contar historias duras de una España dura de postguerra sin un atisbo de odio, era su mejor lección.

En tiempos veloces como los que vivimos, es importante aprehender las cosas que nos han hecho ser mejores personas y que también han sido determinantes en nuestra vida. Creo que la vida es honor y también recuerdo, es cordialidad y mesura, es generosidad y enseñanza. Esa es la razón de estas palabras. Estoy seguro de que él conoció el gran respeto y agradecimiento que le profesé. Del enorme cariño que le tengo sé que nunca albergó dudas. Hoy quiero compartirlo. Descanse en paz.

Tags

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios