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José Pedro Pérez-Llorca

¡Qué impagable placer era hablar con él de cualquier cosa! ¡Y cómo amaba Cádiz!

En Madrid hizo ayer, Miércoles de Ceniza, un día desapacible, lluvioso y de vientos arremolinados. Qué lejos quedaba la salada claridad gaditana de la que José Pedro Pérez-Llorca, allá donde estuviera, parecía perpetuo embajador. La claridad de su mirada, tan a menudo iluminada por un breve fogonazo de ironía que anunciaba la sal de su palabra, en la que la inteligencia y el humor formaban un dúo inseparable y en continuo diálogo gozoso. ¡Qué impagable placer era hablar con él de cualquier cosa, en tertulia de amigos o cuando la suerte quería que la conversación pudiera ser más personal!

¡Y cómo amaba a Cádiz! Tuve el enorme privilegio de responder a su discurso de ingreso en la Real Academia Hispano Americana, elección que le supuso, a él que había conseguido tantos laureles y reconocimientos a lo largo de su vida, una gran alegría. Y aquel discurso suyo, aclamado por el público que asistió embelesado y feliz a la lectura, fue una preciosa interpretación, repleta de inteligencia y penetración, también de humor, de la ciudad que le vio nacer. Al preparar aquella contestación y conocer entonces con detalle su asombroso currículum, me di cuenta de que José Pedro Pérez-Llorca era mucho más que el joven ponente de la Constitución que tantos hoy recuerdan y que, en el fondo, justificaba aquel acto académico. Una personalidad propiamente renacentista, de extraordinaria cultura, a la que ha venido como anillo al dedo la presidencia del Patronato del Museo del Prado que ha ostentado en los últimos años.

He releído con la tristeza inevitable del momento presente la última entrevista que Pedro Ingelmo le hizo para el Diario, publicada hace sólo unos meses, el pasado 6 de diciembre, Día de la Constitución. José Pedro contaba sólo 38 años cuando la Historia vino a posarse sobre él. Cuarenta años después de aquel entonces nos recordaba cosas que van quedando en el olvido: que sin consensos no es posible reforma alguna de la Constitución y que si alguien ignora las reglas de juego no se puede plantear acuerdo alguno. Y revelaba que ya en aquel momento tan idealizado era imposible hablar con el catalanista Miguel Roca del tema tabú por buena que fuera la relación. Aquel tabú de ayer, como absceso reventado, infecta la vida toda de España y la mantiene al borde del colapso. ¡Con lo fácil que era hablar con José Pedro de cualquier cosa!

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