Jaramagos por ladrillos

Para evitar el atasco en la gestión hay que pasar revista a cada delegación de la mano de los técnicos casi a diario

No renovar a tiempo el contrato de cesión de uso de los coches de la Policía Local puede ser casual. Y que Correos corte el servicio al Ayuntamiento por los impagos puede obedecer a un malentendido. La mala suerte y los enfrentamientos entre los técnicos también pueden influir, pero está claro que algo falla en San Juan de Dios, porque de lo contrario no se explica que el equipo de gobierno, cada vez que tiene que sacar adelante un contrato o un pliego para renovar un servicio, se complique la vida tanto, que rara vez lo logra en tiempo y forma. Al principio, el atasco en la gestión se podía justificar con la inexperiencia, pero cuando la legislatura toca a su fin, no cabe más remedio que hablar de un equipo superado por las circunstancias. Las razones se pueden resumir en tres. La principal es que el equipo que preside José María González es tan limitado, que apenas dos concejales entran en las quinielas para repetir en la lista de Podemos. Salvo el alcalde y David Navarro, el resto presenta un escaso bagaje laboral, lo que pesa en exceso a la hora de afrontar el día a día. La renovación se prevé por tanto tan profunda como necesaria, ya que la situación se vuelve insostenible. Su segundo problema se lo inventaron ellos mismos al prescindir paulatinamente, y desde el primer día, de técnicos de gran valía y de todas las áreas -Contratación, Fomento, Deportes, Fiestas, Mujer, Vías y Obras, Servicios Sociales...- lo que les lleva a una situación caótica por momentos. Por si todo esto no fuese suficiente, Podemos y Ganar Cádiz gobiernan en minoría, y la ausencia de sintonía con la oposición alcanza a los mismos socialistas que les auparon al poder, lo que dificulta aún más su existencia.

Para colmo, no se puede negar que ambos partidos llegaron a San Juan de Dios con mucha pasión, pero no son pragmáticos. Antes al contrario, para complicarse aún más la vida llevan su ideología al extremo. Esto se acentúa en un área como Urbanismo. No sólo hay que rezarle a todos los santos -se crea más o menos- a la hora de invertir en un hotel, es que hasta la licencia de una tienda de chucherías, a veces, tarda un mundo en salir adelante. Tampoco la edil de Vivienda, Eva Tubío, se atreve a tomar la iniciativa, por temor a que la empresa municipal se endeude. Tanto austericidio le lleva a ostentar el honor de no haber comprado un ladrillo en tres años y medio. Por no tirar el penalti, no se decide ni a poner en suerte ni uno de los solares que posee Procasa y que crían jaramagos desde no se sabe cuándo.

Todos olvidan, en paralelo, que la administración no se rige por la política, sino por una normativa que no entiende de barcos. De ahí que el alcalde asuma riesgos, a priori innecesarios, cuando tira hacia adelante en muchos casos en los que existen reparos del interventor, o simplemente gobernando a golpe de decreto. Bien pensado, es casi milagroso que la sala de máquinas siga funcionando, aunque sea a trancas y barrancas. El sentido común dicta que cualquier gobierno, para evitar que la parálisis se apodere de la gestión, ha de celebrar reuniones periódicas para pasar revista a cada proyecto de cada delegación, al día a día, y de la mano de los técnicos, a fin de crear una dinámica de trabajo. Esto requiere esfuerzo, talento y mano izquierda. Y aunque no hay recetas únicas, es lógico pensar que no hay mejor fórmula para optimizar los recursos desde el análisis de las fortalezas, las debilidades y las oportunidades. Lo que acaba por pasar factura es achacarlo todo a la mala suerte y a la casualidad, como hacen los repetidores, cuando llega fin de curso.

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