Luis / Mollá Ayuso

Isaac Peral y San Fernando

Hace 125 años, con el respaldo de la reina María Cristina, la hostilidad de alguno de sus jefes y la indiferencia de otros muchos, Isaac Peral Caballero, a la sazón teniente de navío de la Armada, botaba exitosamente en los caños del arsenal de la Carraca de San Fernando su aparato de las profundidades, que rápidamente pasó a ser conocido de manera más coloquial como el submarino de Peral.

Peral había nacido en Cartagena 35 años atrás. A la edad de catorce años fue admitido como aspirante en el colegio naval de San Fernando, donde mostró una asombrosa facilidad para las matemáticas y la electricidad, materias ambas que terminó aplicando con gran éxito a lo que habría de constituir su gran descubrimiento.

Unos meses después de la botadura y superadas las pruebas estáticas y de flotabilidad, el submarino comenzó a probarse en superficie. Bajo el ojo crítico de una junta de expertos de Marina, el ingenio tuvo que someterse a todo tipo de condiciones climáticas y de corriente, pero el sistema de motores y hélices ideado por el cartagenero superó todas las pruebas. Faltaban las principales, la inmersión y el ataque, y para entonces los gaditanos, que ya sabían de la transcendencia militar del invento, solían dejarse caer por los caños a contemplar con sus propios ojos el ingenio secreto que estaba en boca de todos.

La inmersión se llevó a cabo en el dique número 2 del arsenal y resultó un éxito rutilante, pues no sólo funcionó a la perfección el aparato de profundidades, verdadero corazón del ingenio, sino que quedó demostrado que la dotación estaba segura dentro del casco de 22 metros de eslora por tres metros de manga y puntal. El puro de Peral, como algún gaditano guasón bautizó al submarino, estaba listo para echar humo.

Sin embargo, al mismo tiempo que el submarino iba superando pruebas como un atleta incansable, comenzaron a aparecer las primeras intrigas y rencores contra el oficial de la Armada y su invento. Una fuerza oscura y poderosa se encargaba con enconado tesón de poner en circulación todo tipo de intrigas y sabotajes. En estos últimos tuvo una participación especial el traficante de armas ruso Basil Zaharoff, un pájaro de cuidado al servicio de la corona Británica que en España trabajó en connivencia con no pocos elementos del gobierno en un sórdido complot de oscuro trasfondo masón.

Peral era un tipo noble y admitió algunos fallos menores que corrigió sobre la marcha, algo por otra parte bastante natural en la fase de pruebas de cualquier invento. Agitados por esa fuerza misteriosa que alentaba que el invento no tuviera patente española, los catastrofistas comenzaron a criticar las pruebas de tiro que aún no se habían hecho, pero el submarino de Peral volvió a superarlas todas: primero torpedos con carga hueca y más tarde un ataque diurno sobre el crucero Colón tras una hora de inmersión que no llegó a producirse porque el submarino era descubierto sistemáticamente por la dotación del objetivo, aunque conviene aclarar que todos los marineros del crucero tenían como ocupación buscar la silueta de la torreta del submarino por encima de las olas. El mismo ataque producido de noche fue un éxito rotundo, pues al torpedo, desprovisto de la cabeza de combate, no le costó encontrar el casco del crucero. Esta prueba que debía haberse visto como una inyección de moral ante la posibilidad de guerra con Alemania, que había enviado un grupo de barcos a apoderarse de las Carolinas, no pareció concluyente para la junta que examinaba el invento, la cual inexplicablemente dictaminó que ni la velocidad ni la autonomía se ajustaban a lo esperado y que el combate diurno había fracasado, cuestionándose, además el funcionamiento de los motores. En definitiva la junta puso un sinfín de limitaciones al invento, momento en que Peral, harto de intrigas y zancadillas, impuso unas condiciones que no fueron aceptadas, quedando el submarino arrumbado en un rincón del arsenal de la Carraca hasta que fue reclamado por el ayuntamiento de Cartagena en 1929.

Para entonces Peral ya había muerto. Murió joven, como todos los mitos; a los 43 años, un cáncer de piel que tuvo su origen en la cisura de un grano en el cuello durante un corte de pelo cuando el oficial se encontraba destinado en Filipinas, terminó por llevárselo a la tumba. En el momento de su muerte Peral era un tipo resentido y desengañado al que la cerrazón de la administración había terminado por desilusionar. Muerto en Berlín, sus restos fueron conducidos a su ciudad natal donde descansa hoy el genial marino e inventor.

Durante más de noventa años, el casco del submarino fue expuesto en Cartagena, primero en el arsenal militar y más tarde en distintos puntos de la ciudad, donde resultó un reclamo inesperado para el turismo, ya que no fueron pocos los visitantes que llegaban a la ciudad atraídos por el primer submarino de la historia. Lástima que la miopía táctica de algunos y los intereses espurios de otros impidieran que fuera el primero de una larga serie y una patente que hubiera dejado buenos dividendos al país. Desde la muerte de Peral, tres submarinos nacionales han llevado su nombre, y otro más, el S-81, previsto para el año 2016, habrá de lucir en sus aletas el nombre de un cartagenero que mostró al mundo la valía de su invento en los caños de la ciudad de San Fernando, que hace ahora 125 años se llenaron de miles de gaditanos que aplaudieron la botadura y evoluciones de un ingenio que no hizo sino poner la semilla de los cientos de submarinos de todo el mundo que hoy surcan los mares del globo.

Sometido a una profunda cura de rehabilitación en un antiguo taller de calderería del Arsenal de Cartagena, el casco original del submarino se recupera de su largo proceso de deterioro, sin embargo un poso de rabia contenida se mantiene suspendido en el aire en lo que toca a la rehabilitación del nombre de Peral. En la propia ciudad de San Fernando, muy cerca de los caños que vieron evolucionar a su submarino, se ubica el Panteón de Marinos Ilustres, donde reposan los restos mortales de los marinos más significados a lo largo de la historia de la Armada. Y a nadie escapa que entre los primeros de esta larga lista destaca con luz propia el nombre del teniente de navío Isaac Peral Caballero.

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