puente de ureña

Rafael / Duarte /

Insólitos

DECÍA don Argimiro, excusándose, que había cosas más raras que su nombre. Te paras a mirar y no veas, raras, pero raras, más raras que un elefante con pecas y, en La Isla, más raras que un perro en misa. A lo mejor, por eso, el mundo del toro nos presenta, altruísticamente, sucesos, nombres y eventos dignos de mención en una ínsula que ha ido rareando en política y en eruditos de salpicón, con más egos que obra, con más cara que poltrona, dando tabarras como papo de viento al son del vendaval.

Parece ser que existiera en los albores del siglo un torero boer, ojo, no Bufo, BOER, que se anunciaba como tal en los carteles con el paragógico nombre de Kregel Bahs Lessepes o Lesseps, usando barba y bigote en los lances taurómacos, que apenas hablaba español y era rubio barbado, hasta que un gacetillero lo puso verde y oro aclarando entre dicterios y aposiopesis que no era ni rubio ni boer sino un señor de Benisal, llamado Alfredo.

¿Era timo, guasa o falsa obrepción como tanta gente? Igualmente sucedió con Salomé Rodríguez Tripiana, "La Reverte", quién al oponerse la legislación al toreo femenino, dijo ser travestido y otacusta, lo que le permitiera curricularmente aparecer como guardia civil o guarda y onomásticamente responder por Agustín, sin que lo pusieran azul las Belenes Esteban, que también las habría en aquellas calendas.

En tales lances y desafueros brillaron alto rarezas como María García "Gitana Cantarina", Petra Kobloski o Eugenia Bartés " La Belgicana".

En La Isla no íbamos a ser menos. En La Isla hubo, según parece, un Niño de la Imperial que usó tarjeta de matador de toros, aunque sí fue peyorativo disfemismo pues mató a los toros, nueve, por más señas, al volcar el camión que conducía y no en coso andaluz rodeao de caireles y machos apretaos. Aparece también un licenciado de Falces, matador, llamado don Bernardo Alcalde, por apellido y no por pacto de urnas.

Ah, y mientras las gaviotas vuelan sobre La Isla, y Pepe Loaiza es por fin el más votado, algo que en sí mismo nos libera por fin de tantas raridades añejas, deseamos seguir el camino cantado por las papeletas y no con pactos de impacto contrarios a voluntades populares, que siempre dejan la ínsula a volapié y un si es no es, como dijera María Capilla, entre liróforos y epimeletas ocasionales: La verdad es demasiado seria para entregarla a los necios, igual que don Argimiro, que se excusaba pero no se cambiaba el nombre.

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