Ahora resulta que la declaración de independencia catalana y todas las leyes (ilegales, parafascistas) que le dieron una falsa cobertura legal fueron un simple jueguecito. "Todo fue simbólico", dicen los acusados ante el Tribunal por medio de sus abogados defensores. Todo fue simbólico, sí, sólo que el miedo que pasaron millones de ciudadanos no fue simbólico sino muy real. Y los millones de euros que se despilfarraron en organizar y publicitar el referéndum independentista también eran reales y para nada simbólicos (y los pagaremos los contribuyentes con dinero muy real). Y el conflicto enquistado en la sociedad catalana -que se va extendiendo a la comunidad valenciana y a la balear y que poco a poco también afectará a Navarra y a Galicia- está creando dos comunidades enfrentadas que viven en una especie de estado de sitio permanente: atrapadas en el rencor y la desconfianza mutua, sin hablarse, sin reconocerse como conciudadanos de un mismo territorio, y lo que es peor, sin siquiera considerar a la otra parte con derecho a pertenecer a la misma comunidad.

Esa política tóxica basada en el odio y las mentiras fue la que destruyó Irlanda del Norte entre 1969 y 1998. La misma que destruyó la antigua Yugoslavia en los años 90. La que arrasó Ruanda y Burundi en 1994 y 1995. Y la que ahora mismo está destruyendo docenas de países del mundo donde los enfrentamientos interétnicos no sólo están matando a miles de inocentes, sino que además impiden cualquier atisbo de desarrollo económico o social.

Y lo peor de todo, en nuestro caso, es que todo ello se debió a un grupito de políticos e intelectuales que jugaron con fuego -y con el dinero público- y que ahora ni siquiera tienen la valentía de reconocer que iban en serio. No, no, gimotean ahora: "Todo fue simbólico, todo fue un jueguecito". Bueno, vale: hagamos un pequeño ejercicio de imaginación. Imaginemos que el Estado, en 2017, hubiera aceptado la independencia catalana para evitar un posible estallido de violencia. ¿Habrían dicho entonces esos líderes heroicos que todo había sido un jueguecito? ¿O habrían corrido a bailar de júbilo en las calles? La respuesta es tan evidente que da risa. Y en una época un poco menos infantiloide que la nuestra nadie se tomaría en serio a estos personajes que han demostrado tener la edad mental de un niño.

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