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Rafael Padilla

Impunes

LO decía no hace mucho Manuel Pizarro, ex presidente de Endesa y de Ibercaja y hombre de fugaz y frustrante experiencia política: "La rendición de cuentas es necesaria porque en una sociedad sin controles ni cortapisas los partidos toman las instituciones, los medios de comunicación, la justicia, y así llegamos a la impunidad, que es la mayor injusticia, y que consiste en que todo se tapa". Con su conocida mesura, Pizarro pone el dedo en la llaga de una España que se desmorona, carcomida por miles de termitas que se saben siempre a salvo, afanadas sobre todo en cómo mantener la mamandurria mientras la teta de una vaca ya agonizante secreta su penúltima gota.

La magnitud del despilfarro es tan enorme y su origen tan obvio que el españolito no puede llegar a comprender por qué casi todos sus desvergonzados responsables continúan cómodamente en sus puestos, con el botín a buen recaudo y al abrigo de imputaciones y reproches. Aquí nadie va a la cárcel, el siguiente -da igual si el color coincide o no- hace lo posible y hasta lo imposible para que el círculo mafioso no se rompa, para que, hoy por ti y mañana por mí, no se desvanezcan los ominosos privilegios de una clase política que defiende sus comunes y mezquinos intereses con mucho más empeño y talento que cualesquiera otros.

Ése es, además, nuestro mayor lastre. La gran reforma que Europa espera de nosotros es la del rigor y la de la seriedad. Lo que no cabe perpetuar es un Estado elefantiásico y pródigo, gestionado por una horda de ineptos e inútiles que jamás se cansan de trincar de la bolsa común. Hemos asistido a tropelías inasumibles, se han malbaratado millones sin cuento, se han acometido estupideces de récord y no ha pasado casi nada. Ante los jueces, sólo han comparecido cuatro desgraciados, antes por haber perdido el favor de la manada que por la gravedad de sus conductas.

No es de recibo el desenlace exculpador de la fiesta de las cajas. Tampoco, que los poderes autonómicos que nombraron en ellas virreyes obedientes anden aún campando por sus respetos. Es de traca que mientras que el ciudadano se calcina, los pirómanos, causantes indubitados de este infierno, prosigan en sus ignífugos y refrescantes despachos.

Alguien tendría que poner fin a esta historia lamentable de pícaros, listos y estafadores. Alguien debería de tener la voluntad y el valor necesarios para intentar regenerar la vida política y económica de un país que está siendo destrozado por sus propias y presuntas élites. Se nos acaba el tiempo. Es el sistema el que se viene abajo por el peso infame de su misma corrupción. Basta de impunidad y de lealtades incalificables: que operen las leyes y que operen pronto. Porque si no, desencantado del invento y desesperado, será el pueblo, lento pero temible cuando despierta, el que termine cobrando a su feroz manera tantos y tan injustificables débitos.

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