El plan de Navantia para encarar el futuro parece contentar a todos y, a priori, no cabe más que felicitarse, aunque siempre existirá la visión más pesimista, dada nuestra afición por las profecías autocumplidas. Los trabajadores, que en principio denunciaron que se marginaba a la Bahía en favor de los astilleros de Ferrol y Cartagena, están encantados con el acuerdo, aunque algunos, sobre todo los que tiran del carro, acepten su salida con resignación. Por ahora, ninguna autoridad en la materia ha levantado la mano para protestar. Y sólo los más derrotistas sugieren que la empresa se limita a repetir la jugada de antaño al dar una patada a seguir al problema de fondo -la falta de competitividad para afianzar la carga de trabajo sin coste para el contribuyente- contentando a los sindicatos con una oferta irrechazable. Algo había que hacer y hay que confiar en que sus gestores hayan gastado cuidado para que la notable reducción de la plantilla, que perderá 375 trabajadores, no tenga un impacto negativo para nuestra economía. Navantia prejubilará a 650 trabajadores. Y con la reposición del 75%, los astilleros se quedarán con 1.200 fijos en la Bahía, a menor coste salarial y lógicamente más jóvenes.

La industria complementaria, entretanto, contiene el aliento porque difícilmente sus ingenieros podrán rechazar la oferta de una empresa pública como Navantia no tanto por el sueldo como por la calidad de vida. Pero los astilleros se dispararían al pie si sólo se preocupan de refrescar la plantilla sin tener presente a las empresas aliadas para realizar los trabajos. Lo cierto es que las arcas públicas no podían sostener tantas pérdidas sin enderezar el rumbo. Habrá quien siga mascullando, como hace 40 años, que mejor sería cerrarlos, a la vista de sus resultados económicos. Y como mal menor, algunos apostarían -a media voz- por la privatización para ganar en competitividad. Pero ambas soluciones son inviables porque ningún político se atrevería, a sabiendas de que la oposición antes, ahora y siempre, lo utilizaría como arma arrojadiza por un puñado de votos. Eso sin tener en cuenta que los astilleros son más que un símbolo para la Bahía, porque forman la columna vertebral de nuestro tejido industrial. No hay que ser muy listos para intuir la depresión en que caería la población afectada con el cerrojazo, sin entrar a valorar el previsible estallido social.

Ya nos hemos resignado a mantener los astilleros a un alto precio con el fin, como mal menor, de garantizar la paz social. Pero si no se invierte esta dinámica perversa con altura de miras y ambición, si nos conformamos con seguir pensando que todo está hecho, el horizonte de los astilleros, que en su día dieron empleo a 20.000 personas, se verá aún más ensombrecido. Para que Navantia logre transformar su realidad, ha de aprovechar todo su potencial huyendo de la división entre plantas, supervisando los costes y apelando al pragmatismo. Pero si su plan no la refuerza como un agente de cambio que arrastre a toda la Bahía, si no logra ser inspirador y moderno a la vez, si no cambiamos de mentalidad y seguimos viendo el futuro en blanco y negro, será más de lo mismo y ya no habrá excusas: los pesimista tendrán la razón. Confiemos en que se equivoquen.

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