Huella que nunca se borra

La amistad es como una huella que el viento sacude y nunca borra. Si miro atrás, lo encuentro casi siempre

Los recuerdos duelen, cuando pierdes a un ser querido. Sientes que han enterrado un tiempo que permanecía anclado en la memoria, donde la amistad se queda como una huella que el viento sacude y nunca borra. Si miro hacia atrás, lo encuentro casi siempre, desde aquel niño que fue. La vida es una suma de renuncias. Pero siempre recordaré un colegio y dos casas, una playa y un estadio, unas calles y unos sueños, su familia y la mía, que muchos días eran como la misma. Cuando murió José María Parodi Artal, su padre, yo escribí un artículo en el que recordaba a esa familia Parodi que vino de Italia, como el mármol de las iglesias y los palacios. Una familia que abrió en Cádiz casas de música y tiendas de discos. La música siempre estuvo presente, como el piano de Ana, su madre, cuando sonaba Chopin desde un cierro abierto en la calle Novena.

Nuestra infancia conoció el antiguo colegio de San Felipe, y una azotea con lavadero y un patio al que caían los balones; y los discos de los Beatles que un día compré en las tiendas de Parodi de San Francisco y José del Toro, después de escucharlos en las cabinas; y las tardes interminables en nuestras casetas de la playa Victoria, donde organizábamos aquellas carreras de latillas, en las que Luis Ocaña y Eddy Merckx escalaban montañas de arena.

Nuestra primera juventud fue la de su amor, cuando le acompañaba a la puerta de las Carmelitas a esperar a Tere Marichalar; y los guateques en su casa, donde se bailaba con Simon & Garfunkel; y a veces me asomaba al balcón de la calle Novena y veía a la gente entrando en la pastelería Viena, o bajando para comprar tabaco en el estanco del ciego; y el Martes Santo esperaba al Señor del Ecce Homo, que venía desde San Pablo. O aquellas tardes de domingo en Preferencia, junto a la torre del marcador, cuando el Cádiz estaba siempre en Segunda; y las cervezas con boquerones en vinagre en aquel bar de Sacramento, después de jugar al futbolín, el tenis de mesa o el billar.

Nuestra madurez nos llevó por caminos diferentes, en los que siempre fuimos amigos. Un día me enteré de que había tocado el violín en la función de la Virgen de los Dolores, de Servitas, y pensé que era otro Parodi músico, aunque se dedicara al peritaje.

Adiós, José María Parodi Ortega. Te has ido a la eternidad con un escapulario de la Virgen de los Dolores, y el de la Virgen del Carmen se lo ha quedado Tere. Te has ido antes de tiempo, de tu ciudad, de tu familia, y de todo lo que amabas, y te has llevado mucho más que una vida.

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