El catamarán

rafael / navas

Horizontes lejanos de grandeza

NO debe extrañar que hoy en día veamos a políticos inaugurando bancos y farolas en una plaza o cortando cintas en restaurantes de comida rápida. O que ahora más que nunca convoquen a los medios de comunicación para que informen de sus visitas a las obras de un colector de aguas pluviales o al arreglo de fachadas en un bloque de viviendas. Es que las elecciones están ahí y no tienen otra cosa que vender o mostrar porque el tiempo de las grandes obras y de los fastos ha acabado. El retraso en las obras del segundo puente y del tranvía metropolitano de la Bahía de Cádiz reflejan perfectamente este nuevo tiempo en el que cada millón de euros pesa como una losa. Atrás quedaron los años en los que desde las administraciones públicas se hablaba de millones en con la misma alegría que en los fichajes de fútbol, como en el Madrid de 'Florentino Dragados'. Ahora llega el momento de pagar el peaje de las decisiones que se tomaron entonces y también de encarar el costoso mantenimiento que requieren esos proyectos.

El nuevo acceso a la Bahía de Cádiz vuelve a ser noticia, esta vez con el PP en el Gobierno de la nación, por un parón en sus obras. Ya sucedió en tiempos del PSOE y el PP montó en cólera: un ataque de Zapatero a Cádiz. Ahora el malo de la película es Montoro. Y si mañana llegase un gobierno de otro partido, aparecería otro demonio. Es que la obra del puente es mucha obra para los tiempos que corren. Debatir acerca de su necesidad ahora ya no sirve para nada. Que alguien en Fomento o en el Ayuntamiento o en la Subdelegación monta colas aposta (sí, aposta) todos los días en el puente Carranza, con vehículos de mantenimiento ocupando un carril, es algo que no tiene discusión. Es una forma de justificar un puente que en estos momentos ni se plantearía pero que en otro contexto económico y social se entendía y no contaba con tanta oposición. Lo que hay que hacer es acabarlo cuanto antes y sacarle el máximo rendimiento a esta gran obra desde el punto de vista operativo y de la imagen de modernidad para el conjunto de la Bahía. Y es urgente que alguien explicar qué está pasando ahora. Por decencia.

El tranvía es mero deseo. Nadie lo pidió ni nadie lo pide. Es de esas obras de cuando la Junta sacaba pecho y si no se hubiese aprobado no habría pasado nada. Viviríamos igual aunque con más dinero en la cuenta de todos. Aquí el problema no es sólo acabar las obras, sino saber quién se va a encargar de mantener el servicio, que es muy caro.

Podríamos seguir con la alta velocidad, los hospitales, parques tecnológicos, polígonos industriales, grandes museos... Pero no vale de nada arrepentirse ya. Lo que hay que hacer es aprender a gestionar los bienes públicos existentes, que son de todos, y en el futuro aprender la lección de que todo cuesta y que al final siempre habrá alguien que lo acabará pagando: nosotros.

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