Envío

rafael / sánchez Saus

Historias paralelas

LES aseguro que esta semana podía elegir entre no menos de media docena de asuntos graves, profundos y actuales que traer a este Envío, pero todo ha perdido interés tras el gran suceso del martes noche que, a titulares de prensa me remito, ha trastornado uno de los ejes sobre los que el mundo giraba con su lógica aparente. Me refiero, naturalmente, a la derrota de Brasil frente a Alemania por 1-7, ante su público y en las semifinales de su Mundial. Tras eso, ¿quién querría leer hoy sobre las implicaciones y presumibles derivas de la operación Edu, las andanzas y enseñanzas del caso Gowex y Jenaro García, o el estado calamitoso de la Audiencia Nacional, stupor mundi por sus extravagantes magistrados y sentencias?

Imagino que la noticia del saqueo de Roma por los godos de Alarico en agosto de 410 también cambió, cuando fue conocida en los más lejanos puntos del Imperio, la percepción de lo que hasta ese momento era importante. Las legiones podían haber sido derrotadas muchas veces, algunas de ellas por los propios germanos, pero Roma se había mantenido incólume, intocable para toda clase de enemigos durante más de setecientos años. La conmoción fue tan grande que muy lejos de allí, en su sede africana de Hipona, san Agustín se sintió obligado a escribir, para tratar de explicar lo inexplicable, La ciudad de Dios, la primera gran interpretación cristiana de la Historia, uno de los libros más influyentes de todos los tiempos. Los grandes mitos se construyen casi solos, pero dar cuenta de su repentina aniquilación es muy difícil. ¿Quién puede verdaderamente comprender lo que pasó el martes entre el minuto 23 y el 29 del partido, 360 circulares segundos en los que los alemanes marcaron cuatro cardinales goles a un portero llamado, además, Julio César? Todo un filón para los astrólogos.

Si el fútbol, más allá de lo puramente gimnástico, tiene la probada capacidad de imantar a las masas es porque en sus veloces avatares se condensan y precipitan procesos que en otros aspectos de lo humano tardan años, quizá vidas, en alumbrarse. Sólo la lectura atenta y parsimoniosa de la Biblia, durante años, podría dar más conocimiento sobre los hombres, el destino imprevisible, la fugacidad del triunfo, el amargor del fracaso, la ruina de los imperios, que el seguimiento de un Mundial de fútbol. Sigamos aprendiendo desde el sofá.

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