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Herencia y patrimonio

Las metáforas auténticas no son adornos verbales sino revelaciones de la verdad de las cosas

Siempre me ha hecho mucha gracia el adagio agrícola que advierte: «Una finca siempre es manifiestamente mejorable hasta la total ruina de su propietario». Lo mismo pasa, salvando las distancias y las hectáreas, con un artículo de prensa. Uno podría estar planeándolo y repasándolo todo el tiempo, sin dejarse espacio para trabajar, para descansar, para charlar o para estudiar. Para evitar mi total ruina psíquica y económica, le marco muy bien las lindes a mi columna, e intento no salirme del cercado.

Esto tiene una ventaja, al menos, para el artículo, que lo compensa algo de su inevitable apresuramiento desaliñado. Según entro o salgo de él, se me roza con los otros intereses u ocupaciones. Por ejemplo, ahora mismo escribo otra cosa más larga sobre la cuestión de la transmisión o no a las nuevas generaciones de la gran cultura de Occidente.

Así que cuando veo, en la rabiosa actualidad, que ya se plantean con toda severidad subir los impuestos de Sucesiones y de Patrimonio se me cruzan ambos asuntos y salta la chispa de una hipótesis. ¿La causa de la dificultad de asumir la riquísima herencia cultural europea, su patrimonio artístico y sus tesoros literarios no tendrá mucho que ver con una ideología social que rechaza la herencia y el patrimonio como realidades sospechosas de insolidaridad y manchadas de ambición y avaricia?

Se me podrá objetar que son realidades muy distintas, pero yo respondería que las metáforas hay que tomárselas en serio y que el imaginario del heredero intelectual de sus maestros es tan antiguo y tan insistente que no parece, en absoluto, arbitrario. Cualquier estudioso o lector agradecido sabe cuánto ha recibido de los mejores libros y de las mejores obras de arte, y no duda en considerarlo una enorme riqueza personal, sin una pizca de ironía. El muy perspicaz ensayista François-Xavier Bellamy, que acaba de publicar un libro extraordinario, Permanecer, acertó al titular el anterior sobre el fracaso educativo con las nuevas generaciones: Los desheredados, ni más ni menos.

Esa herencia no parece mal a nadie, se me objetará, y al menos, en principio, así es, aunque habría que discutirlo a fondo. Pero resulta que su modelo es la más natural, esto es, la herencia de padres a hijos. Si la sociedad repudia esa transmisión originaria, tan transida de amor transgeneracional, quizá todas las otras se resientan y terminen sin entenderse bien del todo.

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