El pinsapar

Heliópolis

El hombre determinado a asesinar o provocar un daño debe tener muchas dificultades, para que desista

Me dijo un día que no se podía casi nada, por no decir nada, contra alguien que quisiera matarte. No había caído, como se suele decir. Alguien se hace con una pistola o un piolet, un puñal o una piedra y, despreciando su vida, viene y te dispara o apuñala o golpea. Tú estás desprevenido, no sabes que quiere matarte. Si estás apercibido puede ocurrir igual. Salvo que pongas mucha distancia de por medio. Los asesinados por ETA sabían que eran dianas de la banda, o no lo sabían. Era igual a los efectos. El asesino se ocultaba o buscaba el momento para asesinarte. Siempre ha sido así. La cuestión viene de antiguo, del Antiguo Testamento. El relato corresponde a la vida de Moisés, que bajó del monte Sinaí con las Tablas de la Ley que contenían el mandato definitivo para salir de la barbarie hacia la civilización: No Matarás. Miles de años después ha sido un mandamiento incumplido. Como casi todos, por otra parte. En Heliópolis ocurrió la semana pasada ante la mirada del mundo entero, que lo vio y lo volvió a ver en las televisiones. Horrorizado. Digo que alguien, ese uno que siempre hay que si quiere matarte lo hace, tiró un tubo de PVC a la cabeza de un jugador del Betis. Le dio en la cabeza como podía haberle explotado un ojo o lograrle un daño importante. Estaba oculto entre un gentío que veía un derby en donde siempre hay un grado más de pasión, de ganas de ganar e imponerse al contrario. Un perfecto desconocido disparó a John Lennon. Le dio muerte. También a Olof Palme, Robert Kennedy, Luther King… Hay un reguero de sangre en todos los idiomas. Otros ocultos estrellaron los aviones contra las torres gemelas o explotaron la estación de Atocha con la gente en los vagones, inocentes y ajenas. Incontables casos dolorosos de asesinatos familiares o parejas se están dando en el mundo. El mandato del Dios de Moisés no se ha contemplado, siempre está abierta esa posibilidad imparable de lo factual del crimen. Un cansancio metafísico nos petrifica y paraliza, en ocasiones. Pero nunca es el camino. Hay que hacer un escrutinio en los estadios, construirlos con estas previsiones. No se puede colar alguien con un tubo de PVC, indetectable por Rayos X, pero sí con un cacheo. No ya Heliópolis, en todos los estadios del mundo. El hombre determinado a asesinar o provocar un daño debe tener muchas dificultades, para que desista. Y no envíe a todos el fatalismo del principio: quien en secreto esté determinado a asesinarte es muy probable que lo consiga, lo haga. Porque desprecia su propia vida, es así.

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