EL fútbol, y el deporte en general, se creó para disfrutar, aunque algunos nos empeñamos en sufrir tanto por lo que pasa en el campo como por lo que se cuece en los palcos y en los despachos. Ambos están relacionados, por lo que conviene que los dos ámbitos estén en buena sintonía para que todo funcione. Si uno de ellos falla, el otro puede verse afectado.

Parece que en el Cádiz es imposible salir de un bucle continuo de malas noticias que hacen que el aficionado de a pie empiece a hartarse de todo lo que rodea al club.

La actualidad me hace reafirmarme en que los sentimientos no mandan ya sobre la cancha, sino los intereses económicos y personales de unos pocos a los que lo que menos les importa es que la pelota entre en la portería. Trileros que hacen de sus negocios el único objetivo.

Esto no es nada nuevo en el Cádiz, ya que los problemas vienen de hace décadas. Salvo escasos momentos de paz social, en los que los resultados dieron alegrías efímeras con los ascensos a Segunda y Primera, no ha habido una sola directiva que haya sido capaz de mantener una cierta estabilidad en la casa amarilla. ADA, Muñoz, Baldasano, Sinergy, Locos por el balón... Varios cambios en dos décadas que no han servido para enderezar el rumbo.

Las continuas informaciones sobre las disputas entre Vizcaíno y Pina son solo la punta del iceberg de todo lo que ha sucedido en los últimos años. Dos bandos y demasiado desconcierto para el que ya no sabe quién es el que tiene razón. Tantas peleas de las que uno ya está muy harto.

Cuando uno ya no cree en el palco, busca consuelo en el campo con la idea de que de una vez se abandone la Segunda B. Y para eso, además de calidad, lo que hace falta es orgullo. El mismo que ha faltado en muchos partidos y que salió a relucir el pasado domingo en Murcia. Por el bien de todos, esperemos que se mantenga para salir corriendo del pozo.

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