Cuando cierto crítico avispado lamentó que los personajes de Samuel Beckett se expresaran como catedráticos, el escritor irlandés respondió: "¿Y quién le dice a usted que no lo sean?". A menudo, las expectativas que asentamos respecto al otro, cuando no directamente los prejuicios, son las que dictaminan los cauces por los que va a transcurrir un diálogo. Ya Sócrates dejó claro que no todo el mundo valía para la mayéutica, lo que seguramente puso a los filósofos atenienses en guardia respecto a las cualidades de los oponentes en sus debates. Todo esto parece una tontería, pero ahora que, con España metida en un atasco monumental, todo el mundo reivindica el diálogo con todos como clave para salir del atolladero, igual conviene recordar que algo tan estúpido como lo que pensamos del otro va a influir sin remedio en la conversación y, por tanto, en las conclusiones, si es que proceden. Si de diálogo político se trata, por tanto, hay otro factor a tener en cuenta sensiblemente menos estúpido: esos que se sientan a hablar, que deberían hacerlo o que no lo hacen en absoluto, representan a mucha gente. No hablan exactamente por sí mismos. Y esto debería matizar de forma notable las expectativas que el potencial conversador genera en cada cual. Dicho todo esto, ¿alguien sabe de qué se puede hablar con Quim Torra?

Sospecho que Pedro Sánchez no lo sabe. De haberlo sabido, no habría pillado el berrinche que, parece, se ha llevado. Seguro que recuerdan aquel vídeo en el que Torra imitaba a Los Morancos, con pésimo resultado, en su intento infructuoso de establecer contacto telefónico con Sánchez. Y ahora que el susodicho inclina la oreja, Torra dice que nones porque tiene que ser de igual a igual, lo que confirma que el procés era esa mezcla bucólica de Palmar de Troya y Juego de Tronos. Habría estado bien que Sánchez expresara sus expectativas sobre Torra y, más aún, que lo haga en caso de que el diálogo llegue a producirse algún día. Al menos, ya podemos confirmar que la política española no nos había dado un personaje tan fascinante desde Carlos II: Torra quiere hablar a Sánchez, al Rey, al Papa, a Trump y a Celine Dion de igual a igual. No le importa que semejante aspiración signifique el intento preclaro de humillar a millones de ciudadanos, ni siquiera que ni los suyos le hayan puesto ahí para eso. Su idea medieval del pueblo le sitúa a él como señor; y a ver de qué se puede hablar con alguien así.

Por tal convicción, Torra se parece cada vez más al emblema español por excelencia: cambien president por caballero y tendremos a Don Quijote. Pero con menos piedad.

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