En la última página del Ulises de Joyce aparecen Algeciras y Gibraltar. Irlanda y Gibraltar son dos de los capítulos sin rematar de la odisea de Michel Barnier y Theresa May; el principio de acuerdo para una salida pactada del Reino Unido de la UE le produce dolor de cabeza a ambos, al negociador europeo y a la primera ministra británica. Y en España la oposición también pretende darle un disgusto al presidente Sánchez a cuenta de la soberanía compartida del Peñón que no ha planteado todavía el Gobierno en el Brexit.

Barnier no convenció a los embajadores de los 27, cuando les explicó el borrador. A muchos, entre ellos España, no les gusta la posibilidad de que se eternice el periodo transitorio o que Gran Bretaña tenga acceso al mercado interior a través de la unión aduanera que se crearía para mantener la libre circulación de mercancías entre las dos Irlandas. Peor lo tiene Theresa May, definida magistralmente por John Carlin como la dama de porcelana. May estuvo a favor de la permanencia del Reino Unido en la UE en el referéndum de junio de 2016 y ahora quería conseguir que su país no fuese más débil y más pobre al separarse de Europa.

Quizá no le dé tiempo. Puede caer por el mismo método que Thatcher. Un grupo de diputados conservadores promueve una votación para echarla del puesto. Esta es una de las virtudes del sistema parlamentario británico, en el que los aparatos mandan menos que en el continente. La dama de hierro fue objeto de un voto de desconfianza en noviembre de 1990, tras once años en el cargo. La desafió un compañero de Gabinete, Michael Heseltine, que aunque no tuvo éxito en una primera votación, provocó la dimisión de la primera ministra.

La repercusión local del Brexit se refiere a Gibraltar, en donde el Remain arrasó con el 96%. El borrador recoge básicamente los derechos de los 10.000 trabajadores españoles en la Roca, medidas contra el contrabando de tabaco, petróleo y alcohol, control medioambiental y cooperación policial y aduanera. También incluye una invitación a España y al Reino Unido para que acuerden la utilización conjunta del aeropuerto, construido sobre un terreno no cedido en Utrecht. España ha propuesto dividir la única terminal en dos zonas y gestionar los vuelos del espacio Schengen comunitario, mientras que la parte británica se encargaría del resto del mundo. Falta el asunto de la soberanía compartida, que puede ser la guinda del Brexit. O no; esta es una odisea interminable a la que no se le ve el final.

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