EN TRÁNSITO

Eduardo Jordá

Gramática

UN informe de la Real Academia de la Lengua sobre los excesos de las guías de lenguaje no sexista ha provocado un debate incendiario en la prensa y en las redes sociales. "Si la gramática no es democrática y discrimina a las mujeres, hay que cambiar la gramática", ha sentenciado una profesora universitaria, y uno se pregunta qué clase de profesores tenemos en nuestra Universidad, si consideran que la gramática se puede cambiar del mismo modo que se cambian los estatutos de un club de buscadores de setas.

En el fondo, toda la polémica viene porque la ley de economía lingüística de nuestra lengua permite el uso genérico del masculino gramatical, así que cuando decimos "todos los hombres son iguales" nos referimos a todos los seres humanos, varones y hembras, sólo que usamos los recursos que nos proporcionan los miles de años de evolución lingüística para ahorrarnos palabras innecesarias. Las feministas radicales preferirían que la frase dijera: "Todos los hombres y todas las mujeres son iguales", para "visibilizar" a la mujer, que es el primer mandamiento del feminismo militante, pero da la casualidad de que el idioma que usamos desde hace mil años nos permite usar un género masculino que incluye a hombres y mujeres, varones y hembras, niños y niñas, adultos y adultas, lo que nos facilita mucho las cosas en términos de ahorro de tiempo y de vocablos. Y ese recurso gramatical no es una imposición machista, sino un logro de la inteligencia humana que sólo hemos alcanzado después de miles y miles de años de pruebas y tentativas, desde los primeros gruñidos de un homínido hasta que alguien consiguió poner un signo escrito en una tabla de arcilla.

Lo que hay que cambiar no es la gramática, sino las condiciones de vida de las mujeres que sufren discriminación laboral o malos tratos o abusos sexuales. Y estoy hablando de Europa, donde las condiciones de vida de la mujer son mil veces mejores que en cualquier país del Tercer Mundo, donde las mujeres pueden ser compradas, vendidas, violadas y torturadas sin que un solo juez o un solo policía se tome la molestia de mover un dedo.

El lenguaje humano es una construcción intelectual que se ha ido haciendo a lo largo de millones de años. Si tenemos La Ilíada o los sonetos de Góngora y Quevedo, es porque hemos aprendido a manejar las palabras con sumo cuidado. Nada es gratuito en el lenguaje, porque nos ha llevado miles de años encontrar la fórmula más sencilla para conseguir el máximo posible de comunicación entre los hablantes. Y por eso mismo no hay que empeñarse en cambiar la lengua, sino en cambiar las condiciones de vida de las personas que hablan esa lengua, en este caso las mujeres. Eso es lo importante. Y por favor, dejen en paz la gramática.

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