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Gafas de cerca

Tacho Rufino

jirufino@grupojoly.com

Los Goya, tan nuestros

Que autores como Víctor Erice no participen del eventazo merengón te reconcilia con el cine

En uno de esos rasgos de rareza que no van a mejor, a partir del punto de inflexión del ciclo de una vida -digamos los 45 años-, cada día me resultan más intolerables los excesos caramelizados de sentimientos y emociones. Sé bien que no estoy solo en la tribu sufriente de tal rasgo caracterial, y acepto algo aliviado que el mal de muchos es consuelo de hobbesianos con riesgo de caer en la misantropía. Un día quizá deba tratarlo con mi futuro psicoterapeuta; este lazarillo de mis actitudes está en la mente del Señor, pero todo se andará: como en el cole con las gafotas de pasta o los herrajes dentales, ahora gafapastas y brackets de moda, recurrir a un psicólogo ya no sólo no es sospechoso, sino que mola y hasta es un must de estos tiempos líquidos.

Mientras aflora la sensiblería, y más si es durante un evento de clan o corporación profesional, debo apagar la radio o la televisión. Es peor la tele para los empachos de merengue de ocasión: en la pantalla no sólo se oyen los amores pasajerísimos, sino que se ven las morisquetas y se oyen los hipidos; las lágrimas como uvas de moscatel pero falsas cual Judas de plástico, los besos émulos del mismo Iscariote, otros más creíbles, las gracietas ensayadas. Lo cual es más intenso si quienes dan el numerito son profesionales del número, o sea, del show. Del cine o el teatro. Las reclamaciones al político, las reivindicaciones corporativas, las adhesiones consabidas. Los rendidos amores de toda la vida -por ejemplo, a Marisol, que se marcó un Woody Allen-, que se fingen a favor de viento y en bovina grey que no se ha visto en otra: ¡fuera OTAN! ¡Wert, malvado, Gargamel! (el ex ministro del PP tiene toda la cara, eso es verdad) ¡Pedro, tío bueno! ¡Viva yo y mi subvención!

Cada ideología de España -dos, o máximo tres- tiene su teatro. El comisariado de Los Goya lo lleva la izquierda de la farándula (o viceversa). El otro día trataron a Sánchez como a un caudillo cultural, un prócer de alta significación en el ramo, o una teta ubérrima de fondos públicos: nada de eso es el pesidente, es muy de temer. Almodóvar -muy en Karl Lagerfeld de la Meseta-estuvo pelotillero con el poder, pero al mejor director en activo del cine español se le perdona eso y más (es una opinión, claro). Creo que nunca ha pasado por una Gala el grande e inigualable Víctor Erice, que será también un rarete, impagable rarete, más de museo que de sala de proyección. He rastreado, y Berlanga sí lo hizo, quién hubiera estado en la butaca de al lado para oír sus ocurrencias de príncipe del celuloide hispano.

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