¡Oh, Fabio!

Luis / Sánchez-Moliní

Gerontofobia

UN anciano al que le queda un segundo de vida posee los mismos derechos que un niño que tiene toda la existencia por delante. Nos vemos obligados a entonar esta perogrullada solemne en unos momentos en los que el referéndum británico y las elecciones del 26-J han roto los diques mentales y morales de algunas cabezas pensantes, quienes se han apresurado a culpar a los mayores de hipotecar con sus votos el futuro de las generaciones más jóvenes. Las páginas de algunos diarios y las ondas hertzianas se han llenado de consignas gerontófobas por el simple hecho de que los mayores, en contra de las sabias consideraciones de algunos, han decidido dar la victoria al Brexit en el Reino Unido y al PP en España. Parece que estamos ante las primeras escaramuzas de ese conflicto entre generaciones que anunciaron hace tiempo algunos sociólogos perspicaces, una lucha por los limitados recursos y la capacidad de decidir que enfrentará a los diferentes escalones de edad como hoy el petróleo o el agua enfrentan a las naciones.

Que el voto de los séniors sea cada vez más decisivo no tiene nada de extraño en una sociedad occidental avejentada que atraviesa lo que Michel Schooyans llamó "el invierno demográfico", expresión que tanta fortuna ha tenido entre los militantes de la natalidad. En España, sin ir más lejos, el INE anunció hace unos días que, en 2015, el número de defunciones superó al de nacimientos por primera vez desde que se guardan datos históricos anuales. No es ninguna extravagancia, pues, que los resultados electorales reflejen cada vez más los intereses, las ideas y las expectativas de los ancianos, quienes son individuos de pleno derecho por mucho que les pese a algunos jóvenes airados que, ilusos, creen que la vejez y la muerte les son ajenas.

La sobrevaloración de la juventud y el desprecio de la ancianidad es una de las muchas herencias tontas del guateque del 68. Sin embargo, los antiguos tenían un gran respeto hacia los que guardaban el fuego de la experiencia. Como bien se sabía en las redacciones de los periódicos, e imaginamos que en cualquier otro lugar de trabajo, la mezcla del ímpetu juvenil con el resabio de los perros viejos era garantía de éxito. Nada de eso se recuerda ya. La vejez, estado al que todos llegaremos si tenemos suerte y perseverancia, empieza a ser un pariente incómodo al que, incluso, se le empieza a discutir su derecho a influir en las decisiones del hogar y ni siquiera se le agradece los servicios prestados.

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