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Garzón no es tonto

Garzón, Díaz, Iglesias o Montero saben muy bien lo que quieren y a dónde ansían llevarnos

Los medios afines al PP -Vox prácticamente carece de ellos- se han lanzado sobre las declaraciones de Alberto Garzón en The Guardian aventurando dos supuestos: la indigencia mental del autor, su indiferencia hacia los intereses de la nación en cuyo consejo de ministros tiene asiento. Ambas cuestiones resbalan al señor Garzón y a su parroquia. La primera por aquello de "ande yo caliente...", la segunda porque el compromiso de estos individuos con cualquier idea de España es ilusorio. A ellos les mueven más altos ideales, y entre los más sublimes el de la madre Tierra liberada de las cadenas forjadas por la humanidad desde el Neolítico. Si no se tiene en cuenta en qué ha parado el ecologismo antihumano de la burguesía progre, urbanita y pudiente en las últimas décadas, no se entiende nada de las declaraciones garzonitas ni de las reacciones de su partido y su gente, tampoco del fondo de la tibieza ante ellas del presidente del Gobierno y del PSOE.

Desde la II Guerra Mundial a la caída del bloque soviético, el modelo occidental consiguió la supremacía económica y social sobre la utopía comunista gracias a la construcción de unas potentes clases medias, rescatadas del proletariado y de los efectos de la devastación bélica. El bienestar de las masas, en el plano material, no hablamos ahora de la previsión social o de las transformaciones de las costumbres, fue confiado a unos cuantos avances revolucionarios: disposición universal de energía eléctrica prácticamente gratuita, posibilidad de adquisición de automóviles a precios asequibles, combustibles baratos, ocio asegurado y descubrimiento del turismo de masas; finalmente, pero quizá lo más importante, alimentos, no exquisitos pero sí de muy aceptable calidad, al alcance de todos y a escala nunca vista. Todo fue posible gracias al despegue tecnológico y a la abundancia de materias primas cuyo suministro venía garantizado por un comercio muy favorable con los países menos desarrollados.

El neocomunismo rampante ha encontrado en la causa ecologista, llevada a niveles de disparate con la complicidad de los verdaderos bobos, el resorte ideológico que le permite poner en discusión todos los avances materiales de los últimos setenta años. Cuando las clases bajas y medias depauperadas y desesperadas clamen por un cambio de modelo político y social, allí estarán los nuevos comunistas para intentar conducirlas de nuevo a su utopía de miseria igualitaria. Garzón, Díaz, Iglesias o Montero saben muy bien lo que quieren y a dónde ansían llevarnos.

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