Cuchillo sin filo

Francisco Correal

Fortunata y Jacinta

LOS lectores de los libros forman una curiosa comunidad, entes autónomos que cobran vida propia, alienígenas de la galaxia Gutenberg. Los libros caminan solos, se liberan de sus módulos de ficción para impregnarse de la realidad. Igual que la realidad, celosa de esa feroz competencia, pide derechos de autor a los que le cambian los nombres y los territorios.

Jaime Urrutia, el cantante de Gabinete Caligari, contó en la radio que aprendió a leer con Fortunata y Jacinta. Es el mismo libro cuyas calles va anotando como plano del Madrid que empieza a desmenuzar Judith, la amante del arquitecto que protagoniza la última novela de Antonio Muñoz Molina. En La noche de los tiempos, una bella norteamericana que llegó a España inducida por la lectura de Cuentos de la Alhambra de Washington Irving, acude en el Madrid prebélico de 1935, el año que Caracol llegó a la Corte, a las lecciones que Pedro Salinas daba sobre Fortunata y Jacinta.

No es un libro de Memorias al uso el que Antonio Lorca ha escrito transcribiendo sus encuentros y conversaciones con el sacerdote y periodista José María Javierre, un aragonés formado teológicamente en la sobriedad intelectual de Múnich. Hay nombres y ciudades que salen del libro para colarse en la vida de los lectores. En la mía al menos. Especialista en biografías de santos, la última la dedicó Javierre a Fray Leopoldo de Alpandeire. La terminó de escribir el verano de 2008 en Mazagón. En sus confidencias a Antonio Lorca, reputado crítico taurino, le cuenta que en sus visitas a París le gustaba pasar junto a la casa en la que convivieron Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir. La musa francesa del feminismo occidental dejó notas de un legado de los lugares donde había encontrado la felicidad: uno de ellos era la playa de Mazagón. En este punto del litoral colombino levantó entre cañaverales una casa el arquitecto Luis Díaz del Río, colega del protagonista de la novela de Muñoz Molina y paisano de Javierre, nacido como éste en un pueblo de la provincia de Huesca.

El primer libro de Muñoz Molina fue el resultado de sus colaboraciones en un periódico de Granada. Comparte ese sustrato de rotativo con el padre Javierre. La guerra del primero es pura ficción; el segundo la vivió como realidad a flor de piel. El biógrafo de Santa Teresa de Jesús y de San Juan de la Cruz tuvo dos amores, según le cuenta a Lorca: Nefertiti y Giuletta Massina. Fellini se sentiría Zeffirelli: su mujer alimentando las dudas de un cura español. Javierre cuenta una deliciosa historia digna de la prensa del corazón del exilio: María Zambrano y Carmen Castro, la hija de don Américo, disputándose el corazón del ex sacerdote Zubiri que un día había escrito la fórmula de Dios en la pizarra.

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