Ojo de pez

pablo / bujalance

Fieles al capote

ME temo que convendrá empezar este artículo (son ganas de complicarme la vida) dejando claro que de antitaurino no tengo nada. Cuando he ido a los toros he pasado momentos muy buenos y otros muy malos, e imagino que en esto la lidia se parece a la vida. No es un plan que me entusiasme, la verdad, y de hecho hace ya bastantes años que no me meto en una plaza, pero no se me ocurriría reclamar su prohibición. Con los toros ocurre a menudo como con la política: la adscripción furibunda suplanta en no pocos foros al sentido común y el si no estás con nosotros estás contra nosotros cunde con alegría, pero que no te guste algo no implica que desees su extinción. Puntualizado este argumento de Perogrullo, creo que ahora puedo escribir sobre lo que realmente me interesa: la abultada promoción de la fiesta que últimamente se proyecta desde diversos medios, especialmente los de titularidad pública. Hace unos días, a la misma hora, podía verse en un canal de televisión un concurso de aspirantes a toreros y en otro un concurso de aspirantes a cocineros que a su vez guisaban para toreros veteranos. Mientras, el presidente de la Diputación de Málaga, Elías Bendodo, presentaba otro concurso televisivo de aspirantes a toreros. Por todas partes, en fin, se brindaban loas a la fiesta. Pero toca hacerse algunas preguntas.

Es cierto que los toros acusan una pérdida notable de público, y que correspondía pasar a la acción. La lidia es un pilar esencial de la cultura española, y no reaccionar cuando la natural sucesión generacional de aficionados no se produce constituiría una torpeza muy cara. Pero también tengo que decir que cuando he escuchado las solemnes declaraciones en boca de políticos como el ministro Wert, desecho en laureles hacia la calidad patrimonial de la tauromaquia, he echado de menos la mitad del mismo entusiasmo dirigido hacia otras expresiones culturales que también pierden espectadores a espuertas, como el teatro, el cine o la música, perjudicados por una carga impositiva que, dos años después, el mismo Gobierno se niega a suavizar. Aquí no parece ser tan importante la pedagogía. No he escuchado a muchos ministros ni consejeros referirse a otras artes como patrimonio de todos; sí, en cambio, las han denigrado y han acusado de aprovechados y ricachones a quienes las practican. Lo que, pensando de nuevo en los toros, no deja de tener gracia.

En suma: igual si la Generalitat prohíbe en Cataluña el teatro o la música clásica (puestos a despropósitos, quién sabe) vivimos en el resto de España una edad de oro. Mal asunto es usar banderas como capotes.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios