Cateto a babor

Fiambreras

Los obreros guardaban silencio. Sólo tenían ojos para sus fiambreras, su litrona de cerveza y el pan

No olvido aquel día. Tendría unos 8 años. Habían levantado la calle Paco Alba donde vivía con mis padres. Unos obreros de Chiclana se estaban encargando de poner el nuevo pavimento y a mí me llamaba la atención cómo martilleaban las piedras para poner los adoquines.

Eran las dos de la tarde y el ambiente olía a arró con habichuela, uno de los guisos estrella de mi madre. Los obreros pararon para almorzar. No se fueron a un bar. Se fabricaron unas sillas con los adoquines y sacaron de unas bolsas como de deportes donde llevaban unas fiambreras que acompañaron con una litrona de cerveza que debía estar ya algo calentorra, la verdad.

Yo miraba por la ventana escondido detrás de la persiana. Sentía curiosidad por saber qué había dentro de aquellas fiambreras. Uno de los obreros destapó el recipiente. No se lavó las manos. Yo creo que aquel olor a metío en tomate lo purificaba todo. De una bolsa adjunta sacó un tenedor y un "cundi de a cuarto". Había oído hablar del hacinamiento en los partiditos de las casas de vecinos de la Viña, pero jamás había visto el hacinamiento aplicado a las albóndigas.

Los obreros guardaban silencio. Sólo tenían ojos para sus fiambreras, su litrona de cerveza y el pan. El hombre de Chiclana no partía las albóndigas por la mitad. Se las comía de una en una como un niño de San Ildefonso va sacando las bolas en el sorteo de Navidad. Yo cantaba por dentro, el uno, el dos, el tres… Creo que dejé la cuenta albondiguil en el número 27 y aún quedaba fondo en aquel monumento metío en tomate. El obrero marcaba los tiempos casi musicalmente. Una albóndiga, un mendrugo de pan, un pelotazo de Cruzcampo. Mantenía el ritmo mejor que un corredor de maratón… solo que sudaba menos.

No hubo postre, no sé si cigarro. Mi madre me llamó porque ya estaba el arró con habichuelas y pronunció la frase más bonita que jamás me ha dicho: "Niño, que se enfría". Aquel día, por primera vez en mi vida, me comí el arró con habichuelas pensando en otra, pensando en aquella fiambrera de albóndigas prietas metías en tomate.

Desde ese día cada vez que veo albóndigas en tomate en un bar no me puedo resistir y las pido. Estoy deseando encontrar las arreondas perfectas, como las de aquel obrero de Chiclana. Ese día, que sueño, sacaré del coche una fiambrera que va siempre como "de guardia" en el capó y le diré al del bar: "Llénamela, Manolo, hasta arriba". Y me retiraré a una esquina para disfrutarlas.

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