Valor añadido

carmen Calleja

Un Ferrari, un Seíta...

Ono tener coche. La crisis económica ha llegado a cotas que bien podríamos calificar de guerra: de los mercados, de los especuladores, de los oportunistas de toda laya. Cuando se está en situación bélica, se adopta la llamada economía de guerra. En ella se alteran la prioridades y se suprimen gastos no sólo buenos, sino incluso necesarios, en tiempos de paz. Y no sólo los gastos, las políticas también ceden su sitio a lo urgente: no se mejoran instalaciones públicas, no se reconocen nuevos derechos ciudadanos, o no se reordenan las competencias de los territorios autónomos, porque toda la energía y los recursos van a procurar la defensa y seguridad de la gente y a dotarse de munición. En esta guerra del siglo XXI la munición no consiste en carros de combate, aviones o tomahawks, sino en bajar el déficit público, aumentar el crecimiento económico, y tomar las medidas que lleven a ello.

El aumento del PIB es algo que depende de muchos actores: el marco regulatorio; inversiones empresariales; actitud de los trabajadores respecto a los salarios o a la flexibilidad en las condiciones de trabajo; y algunos otros factores, algunos tan aleatorios que son de casi imposible control.

El déficit, sin embargo, depende del poder público que lo tiene, aunque se trate de decisiones cruentas en algunos casos. Pareciera, no obstante que los responsables públicos no hubieran adaptado su metodología en el gasto a la economía de guerra en la que estamos. Miren, si no, las referencias de los distintos órganos rectores de administraciones, instituciones, fundaciones u otras personas públicas, cuyo déficit se acumula para formar el de España en su conjunto. Se siguen haciendo las mismas cosas, loabilísimas en su mayor parte, pero prescindibles y que debieran ser pospuestas para cuando acabe el combate.

Cuando alguna vez comento esto con responsables públicos me argumentan en dos líneas: el esfuerzo que ya han hecho en racionalizar el gasto y que dejar de hacer es imposible. Lo primero es como quitarse el colesterol: se debe hacer siempre. Y lo segundo: son cosas buenas pero de segundo o tercer orden con relación a la actividad principal: prestigio, visibilidad, etc.

De todo esto habla también la gente en los bares. Son conversaciones presididas por la lógica doméstica. Le explicaba un paisano a otro, con un par de cervezas por testigo: mira, esto es como en tu familia. A mí me gustaría tener un Ferrari, pero si no me llega para pagar la hipoteca, me conformo hasta con un seíta. O vendes el que tienes y te quedas sin coche, si aun perdéis uno de los dos sueldos que entran en casa; le replica el otro.

Pues, eso. Tomarse el déficit a broma puede hacernos perder hasta los palos del sombrajo. Y la guerra, claro.

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