En tránsito

Feliz Navidad

Año 2066. Todos vivimos solos, aunque la palabra "solo" ya no existe; la uso yo con ustedes porque nadie nos oye

Año 2066. Hemos elegido un set-up hogareño con un paisaje alpino. El árbol de Navidad es un abeto criogenizado. Hemos elegido a nuestra familia a través del programa Family Ties, que nos permite elegir a los miembros desaparecidos de nuestra familia para compartir con ellos la Navidad (y los demás días del año, si queremos). Hasta podemos reproducir su voz, si nos apetece (el suplemento es de 800.000 euroyuanes). Por otro módico suplemento, podemos recrear a nuestros hijos, a nuestros hermanos y hasta a nuestros cuñados. Algunos -por 10.000 euroyuanes más- hacen imitaciones perfectas de Chiquito y saben trinchar el pavo (o más bien el sucedáneo de pavo que parece pavo, aunque nadie sepa exactamente qué es). Para los amigos del alma podemos encontrar a quien queramos: basta elegirlo en el álbum y al instante ya está aquí con nosotros (nosotros es una forma de hablar: todos vivimos solos, aunque la palabra "solo" ya no existe, la uso yo con ustedes porque nadie nos oye).

Bien, afuera parece que ruge una tormenta de arena desde hace meses (¿o eran años?), pero eso a nadie le importa, entre otras cosas porque se ha decretado que ya no existe la medición del tiempo, y entre otras cosas porque ya nadie puede asomarse a la calle (al menos, si quiere conservar la cabeza). ¿Para qué salir, además, si no hay nada más agradable que la casa de uno? Todo lo tenemos a mano: sexo, comida, amigos, familia, medicación, drogas. Cualquier cosa. Todo se puede encargar, todo se puede comprar. Si tienes dinero, claro está. Y si no, hay que rondar las calles -o lo que sea que ahora haya sustituido a las calles- para buscarse la vida. Si es que hay vida ahí fuera. Nadie lo sabe.

Nuestros recuerdos -hay buenos surtidos a partir de 25.000 euroyuanes- nos confirman que estamos en Navidad. El nombre ya no existe, por supuesto, pero algunos días nos apetece usarlo. Encendemos el fuego falso en la chimenea falsa -da igual que afuera estemos a 49ºC- y nos tomamos un coñac que nadie sabe qué pueda ser. Somos felices. Por 200.000 euroyuanes podemos encontrar un programa adecuado a lo que queramos: felices con nuestros hijos, con nuestros familiares, con desconocidos, con fantasmas, con muertos (que volverán a la vida para nosotros) o con personas que amaremos locamente. En fin, no podemos quejarnos. Nadie está triste. Feliz Navidad.

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