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Felipe VI y el tedio

El discurso del Rey no ofrece novedad alguna y esa falta de novedades nos permite seguir a nuestros asuntos

Según parece, el discurso navideño de Felipe VI ha sido el menos visto de los últimos lustros, y sólo ha encontrado cierto eco en Asturias, Castilla y León y Andalucía, y ello entre un público de mujeres y mayores de 45 años. Lo de las mujeres acaso tenga fácil explicación, pues son muchas las que siempre encontraron interesante a este Borbón grave y reflexivo que se mira en el espejo del viejo rey de Nápoles, Carlos III. En cuanto a los mayores de 45, baste decir que a esas edades uno ya no está para mucho alarde y es probable que el discurso regio nos pille en las inmediaciones del sofá, mirando con desgana la hoguera catódica. ¿Y las comunidades autónomas? Habría que comprobar sus respectivas programaciones, y los cánticos regionales que cada cual inflige a sus administrados.

El hecho desnudo es que la audiencia ha bajado. Y que de dicho dato unos infieren cierto descrédito de la monarquía y otros una creciente abulia entre los españoles. Por su parte, el Rey, en tanto que Rey, reclamó algo que ya viene en la Constitución y que no ofrece sobresalto alguno. Reclamó la unidad de España y una mayor equidad entre sus ciudadanos. Luego, cada cual glosó la noticia según su particular ceguera, y así hasta el discurso del año que viene. Lo llamativo, quizá, sea ese tedio benefactor que se ha extendido, como una improbable nevazón, sobre todos nosotros. De ese tedio cabe extraer algunas consideraciones de importancia: que el discurso del Rey no ofrece novedad alguna, y que esa falta de novedades (el spleen baudeleriano, el "fastidio universal" de Meléndez Valdés, la Oceanografía del tedio de Eugenio d'Ors, llámenlo como ustedes quieran) es la que nos permite seguir a nuestros asuntos.

Una de las más gratas sorpresas de la Navidad es esa suspensión de la realidad que nos induce a recodar, siquiera vagamente, la huella de lo extraordinario. El tedio que nos ofrecen los discursos Felipe VI, un tedio salutífero y confortador, puede que suscite el efecto contrario: un atisbo de normalidad, el flujo monocorde de lo habitual y lo sabido. Por Mateo sabemos que los magos del Oriente (magos de los que desconocemos su nombre y su número), se allegaron al portal con su nocturno cargamento de oro, incienso y mirra. Dos milenios después, uno sólo espera de los reyes que le traigan algo de tedio, del honesto y venerable tedio, del tedio fructífero y menospreciado.

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