La AZOTEA de

Pilar Vera / Pvera@ Diariodecadiz.com

Falling Skies

En cuanto pudo estirar el cuello en vertical sobre su pelvis, el hombre primitivo miró a los cielos y emitió un "¡Oh!" tan profundo que en esa 'o' cupieron galaxias enteras. Desde pequeñito, el ser humano aprendió a venerar lo de arriba, que a la vez le proveía de un orden reconfortante -soles, lunas, estaciones- y de un caos desolador -tormentas, huracanes, meteoritos-. Muy pronto, la luz y el orden terminaron asociándose a fuerzas protectoras (Dios); y el caos, al submundo, al Diablo. Pocos miedos tan arraigados como el miedo a la oscuridad, que encierra, a sus vez, dos terrores tremendos: a lo desconocido y a lo imprevisto. Ese miedo a la oscuridad, a lo que no controla, es el que el mono primitivo siente en los 'tiempos difíciles': cuando toma especial relevancia lo inútiles que somos y lo desvalidos que estamos, aunque hayamos creído tener el poder de controlar los cielos. Sólo que, a veces, los cielos terminan cayéndose sobre uno.

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