OPINIÓN

Melchor / Mateo

Éxtasis

EL balón entró en la red tras un disparo cruzado. Se levantó y tras un leve titubeo empezó a correr sin rumbo fijo meneando la cabeza en pleno éxtasis. Marco Tardelli regaló en la final del Mundial 82 celebrado en España una de las imágenes legendarias de la historia del fútbol. Los jugadores muchas veces ni se acuerdan de ese momento por la sobredosis de emoción y adrenalina que tienen en ese momento.

Hay futbolistas que no son conscientes de lo que han conseguido hasta que pasan unos cuantos días o incluso meses. Marco Tardelli se dio cuenta enseguida que ese gol abría las puertas a la gloria, a la inmortalidad que da el fútbol.

Los que han estado cerca de la muerte dicen que toda su vida pasa en ese momento por la mente. Tardelli vio cuando empezó a jugar siendo un niño y en ese momento sabía que todos los niños querrían ser como él. Su gol, su celebración, es un recuerdo que deja a sus hijos.

Justo 28 años después, una selección mucho más estética que la azzurra encabezada por Enzo Bearzot, el inmortal Dino Zoff y el cañonero Paolo Rossi tiene la oportunidad de dejar un legado imborrable para sus hijos, nietos y todas las generaciones de españoles de aquí en adelante.

La inmortalidad no sólo la da el ser campeón. El fútbol todavía tiene una deuda con Holanda tras las dos finales que perdió en 1974 y 1978. La copa se la llevaron otros, pero el legado que dejó fue el de un fútbol moderno que cimentó el futuro de este deporte. Curiosamente, los que hoy traen la perfección son los españoles. Mañana, Tardelli se debe reencarnar en un español.

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