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Exprópiese

Tantas elecciones encubren una taimada expropiación de las conversaciones privadas, cada vez más políticas

Ayer, publicar un artículo sobre regímenes de adelgazar me costó mucho más que la mismísima dieta. Parecía casi imperdonable hacer costumbrismo e intrahistoria cuando la política está al rojo vivo. Lejos de mí quejarme de tener que hablar de política. Lo considero un derecho siempre y, con frecuencia, un deber.

Me quejo de esta situación tan tensa que todo lo que no sea dar vueltas a la política resulta deserción. La cosa pública nos expropia la vida privada. Se habla mucho de los millones de euros que va a costar la nueva convocatoria electoral, pero hablamos poco de la tensión que eso insufla a la vida social española. Lo hace por partida doble. Primero, porque los partidos, como su nombre indica, obligan a la ciudadanía a tomar partido, partiendo en parte la comunidad. Es un inevitable punto de partida para el correcto funcionamiento de la democracia y la libre confrontación de ideas, por supuesto, pero partidos nos dejan partidos.

Lo hacen por partida doble, como decía, porque los estrategas consideran necesario añadir crispación, encima. Es su manera (generar ilusión ni se les pasa por la cabeza) para sortear la abstención. Lo han reconocido hasta explícitamente: les conviene. Y la provocan de lo lindo.

Contra eso, hay que decir "privatícese", y escribir una columna de broma a pesar de que te parta el alma ver a la Guardia Civil, en la fiesta nacional y en el día de su santa patrona, negando la entrada a unos fieles a un templo católico, como si fuese una trampa o una probatio diabolica. Si hay que decirlo, se dice, como lo estoy diciendo, pero sin permitir que el desconcierto o el desconsuelo ("nada te turbe/nada te espante") terminen invadiendo nuestro espíritu.

En el libro Se hace tarde y anochece, el Cardenal Sarah insiste en que, si se quiere cambiar la historia e intervenir en la vida pública, hay que cuidar lo prioritario, que es la vida íntima, y, más que nada, la oración. Todos los que tenemos que estar pendientes del jaleo de la política y del mundillo sociocultural hemos de permanecer vigilantes para conservar la paz y la alegría tras los muros de nuestra casa. Que el gran follón del mundo no nos expropie la calma ni el humor. Porque es lo más importante y porque es ahí donde hemos de encontrar las razones para comentar lo de fuera. T. S. Eliot lo tenía claro: "La casa es el lugar desde el que se parte". Y mañana, tal vez, hablaremos de política.

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