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Experimentos

Es un momento propicio para inventar, incluso en Andalucía. Aunque toda innovación acarree posibles equivocaciones

ES opinión muy difundida que gran parte de los andaluces se esfuerzan e ilusionan en exceso cultivando sus tradiciones festivas. Y esas mismas voces críticas también lamentan que la vida productiva y laboral se resienta por la mucha energía gastada en tales preparativos y vivencias. De todos modos, ninguna autoridad política -con el fin de comprobar el acierto o fantasía de esos intencionados juicios- se atrevería a suspender, ni siquiera a disminuir el ritmo de festejos que se viven y disfrutan con tanta plenitud en todos los rincones andaluces. Pero lo que ninguna institución humana se hubiera atrevido ni a insinuar, la pandemia lo ha impuesto de forma drástica en los meses pasados. Y es previsible que la temporada de prohibiciones deba alargarse. Por tanto, dado que estas suspensiones se han convertido en normas de obligado cumplimiento, por qué no utilizarlas para experimentar si es posible extraer algún beneficio de ellas. Hay que evitar quedarse mucho tiempo estacionado en un umbral de incertidumbre, incomprensión, lamento y nostalgia. Porque quejarse sin proponer soluciones sólo provoca rencor. Los ciudadanos aguardan un nuevo sueño que canalice su desaliento. Habría, pues, que inventar algo que orientase las ilusiones festivas por otros derroteros. De manera que esas invenciones, a la vez que sirven de sustitutos de unas tradiciones ya muy apalancadas, abran nuevos horizontes de experimentación. Para muchos andaluces no será tarea fácil reemplazar un tiempo de fiesta que ellos habían convertido en una dedicación sagrada. Pero sí se subirían a ese carro reflexivo otros andaluces quizás ya fatigados de marchar con la lengua fuera, de feria en feria, desde comienzos de primavera. Y esta podría ser una ocasión privilegiada de experimentación. Las instituciones, la Junta la primera, tal vez podría pensar, fomentar un tipo de alternativas, soluciones de recambio, invenciones para llenar los tiempos vacíos que deja la omnipresencia de la fiesta cuando ya no puede reinar. Todo menos quedarse pasivamente, ante un televisor, aguardando que vuelvan unos tiempos cada vez más idealizados y que, por ello mismo, no van a volver. Es un momento propicio para inventar, incluso en Andalucía. Aunque toda apuesta por innovar acarree posibles equivocaciones, pero sin riesgo, sin soltar las amarras de lo viejo, no se descubrirán otras maneras de vivir. Esos tesoros hay que rastrearlos, sabiendo que esa operación de búsqueda ya aporta tanta felicidad como las fiestas de primavera.

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