Yo te digo mi verdad

Eutanasia, la buena vida

Agradezcamos que la grandeza del pensamiento humano haya arrebatado a los dioses el control sobre nuestros últimos actos

La muerte es tan inevitable que todo lo que la haga más fácil debe ser bienvenido. Desde que supe que se había aprobado la ley de eutanasia, es decir la busca de una mejor despedida sin vuelta, puedo decir que vivo, y por lo tanto ya muero, un poco más tranquilo. Temerle a ese momento definitivo puede ser algo humano (de hecho es animal: todo bicho viviente sale espantado ante el peligro) pero a todos nos serviría de consuelo saber si cuando llegue la hora, la siniestra amiga inseparable nos va a pillar durmiendo un sueño plácido, indoloro y ya infinito.

Naturalmente, cada cual es libre para elegir otro tránsito más doloroso, pero deberíamos agradecer que el conocimiento y la grandeza del pensamiento humano hayan arrebatado a los dioses, omnipotentes e inmunes a la piedad, el control sobre nuestros últimos actos. Carecen de fundamento, a mi modo de ver, quienes acusan al gobierno de ser partidario de la muerte antes que de la vida, puesto que desde que el ser humano lo es ha dedicado buena parte de sus esfuerzos a reducir y eliminar el dolor. Por lo tanto no se entiende que se condene a quien quiere aliviarlo, para sí o para los demás, en el momento de dejar de vivir. La muerte es ya de por sí, sin necesidad de sufrimiento físico, bastante dolorosa.

La vida es mucho más que un corazón latiendo y un cerebro funcionando. Para el ser humano, la felicidad es tan ingrediente vital como la circulación sanguínea o el fluir del oxígeno, tan carburante como el agua y los alimentos. Sin afanes, deseos y proyectos, sin pasiones, dejamos de ser humanos y por lo tanto dejamos de vivir.

No encontrar razón para seguir en este mundo es equivalente a estar muriendo. Negarle la despedida tranquila a quien vive martirizado por el dolor, la desesperanza y la certeza física absoluta de la inutilidad de seguir latiendo es despreciar la misericordia. Facilitársela, respetando ante todo su voluntad y libertad es, para mí, una forma de darle su verdadero aliento: el de la felicidad en el postrer paso de su existencia.

Comparar este acto de suprema libertad, que no obliga a nadie, con otros momentos malhadados de la historia en los que la ejecución significaba la negación de todos los derechos del ajusticiado supone ignorancia y, en el peor de los casos, mala fe. O voluntad de imponer la suya propia como única y verdadera.

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