ANTE la diabólica encrucijada en la que se hallan los estados de la Eurozona, ya son muchos los expertos que se preguntan si en realidad fue una iniciativa acertada el instaurarla y, lo que es más útil, qué modificaciones realizar en su estructura para garantizarle una cierta viabilidad.

De lo primero van quedando pocas dudas. Como señala en un reciente informe sobre la posible ruptura del euro el banco suizo UBS, "una unión monetaria es, económicamente hablando, una buena idea si los miembros que la constituyen forman un área monetaria óptima", esto es, si "o bien el área es tan homogénea que las economías se mueven en la misma dirección, una similar velocidad y al mismo tiempo", o bien "son lo suficientemente flexibles como para que sus diferentes resultados económicos puedan ser corregidos con relativa rapidez". La experiencia nos está demostrando que éste no era nuestro caso y que, quizás, algunos países -España por supuesto- estarían en mejor coyuntura si no hubieran dado tal paso. Incluso hay quien afirma que la propia pertenencia a la Eurozona, en la medida en que ha auspiciado, por la garantía implícita de rescate, déficits más altos e impedido (la devaluación, por ejemplo) señales obvias de peligro, se ha convertido en coadyuvante del desastre.

Sea así o no, lo que ahora toca es lo segundo, el acertar con el camino adecuado para salvar lo salvable. No hay en esto criterio unánime. No obstante, parece relativamente claro que la salida de alguno de los países más débiles de la zona euro (Portugal, Italia, Irlanda, Grecia o España) acarrearía, para el que voluntaria u obligadamente la emprendiera, males sin cuento. La suspensión de pagos del Estado concernido, un extenso default empresarial, el colapso de su sistema bancario y el desplome de su comercio internacional son efectos cuasi automáticos de tal opción. Tampoco acaba siendo una respuesta sensata que quien abandone el euro sea, como algunos solicitan, la propia Alemania, ya que, por mucho que Merkel lo haya sugerido, ni es algo asumible por el pueblo alemán, ni, al cabo, arregla demasiado en la frágil unión superviviente. Queda el dar un gigantesco salto hacia "un verdadero gobierno económico europeo": sustituir parcialmente las deudas nacionales por los llamados eurobonos y, a cambio, controlar de forma centralizada y coercitiva los impuestos y los gastos de los estados federados

Es, dicen, la vía más segura. Sobre todo, y vuelvo al informe del UBS, porque lo que está en juego no es principalmente lo económico. Las consecuencias políticas y sociales de la ruptura del euro superan en mucho ese ámbito. La pérdida de la democracia, el incremento de los desórdenes sociales y hasta el estallido de conflictos guerracivilistas son, como enseña la Historia, el auténtico horizonte a temer. Un futuro trágico que, para ser evitado, de todos reclama talento, sacrificios y generosidad.

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