ALGUNAS décadas hace ya de aquel dicho que mantenía que Europa empezaba en los Pirineos. Era una época en la que España aún era una dictadura y el país se veía, fuera de nuestras fronteras, más como una prolongación de África que como una nación de raíces europeas. Aquello, evidentemente, cambió con la llegada de la democracia y sobre todo con la integración en la Unión Europea en tiempos de Felipe. Después vendrían las primeras elecciones europeas o la llegada del euro con la convergencia de Aznar. Y ahora, otra vez, Europa llama a nuestra puerta para pedir el voto. Es la Europa que, de la mano de Alemania, ha exigido a los españoles sacrificios impensables. La Europa que ha exprimido a los ciudadanos griegos como si fueran los responsables de los desaguisados de su políticos. Esa Europa mandona y económica pide ahora un voto que igual no se merece.

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