Europa es diferente

Tener las ideas claras es lo primero. Y no venderlas es lo segundo. 'Frankenstein' no ha llegado a Bruselas

En el fragor de la batalla para gobernar en España, ha pasado casi desapercibida la amplia mayoría que ha conseguido la Comisión Europea. Son esos señores y señoras a los que aquí llaman Bruselas. Los mismos a los que la Junta de Andalucía anterior pedía dinero para tranvías que todavía no funcionan; o para el AVE transversal Sevilla-Granada, que abandonaron sin terminarlo. Esa Bruselas a la que los ayuntamientos piden dinero para embellecer sus ciudades y que presuman sus alcaldes y alcaldesas. Pues bien, el gobierno europeo ha sido aprobado por una mayoría amplia, con 461 votos a favor y 157 en contra. La nueva Comisión está presidida por la alemana Ursula von der Leyen, perteneciente a la CDU de Merkel; es decir, a los populares europeos. Y un pilar esencial, como responsable de la política exterior común, es Josep Borrell, un socialista español, que ya se ha ido del Gobierno de Pedro Sánchez; y empieza a despotricar del pacto con ERC.

En Europa se ha formado una gran coalición entre conservadores, socialistas y liberales. En Europa, donde también existen los populismos de extrema derecha y extrema izquierda, se han puesto de acuerdo los partidos equivalentes al PP, el PSOE y Ciudadanos en España. Por el contrario, se han quedado fuera de ese gobierno los colegas de Vox y de Podemos. Cuando dice Pedro Sánchez que el PP y Cs deben poner la barrera a Vox, se olvida de que él se la levanta a Podemos y a los independentistas.

La Unión Europea viene del Mercado Común, que se creó tras la Segunda Guerra Mundial. Es Adenauer y es Brandt. Esa Europa fue gestada por las tres ideologías democráticas: los demócratas cristianos, los socialdemócratas y los liberales. Una derecha, una izquierda y un centro moderados. Ajenos al fascismo y el comunismo, que se han disfrazado de corderitos para amoldar sus discursos a las circunstancias.

En Europa los radicalismos y los populismos todavía no alcanzan la mayoría. Sin embargo, contaminan a los grandes partidos en España. Se nota cuando Pedro Sánchez quiere ser más podemita que Podemos; o cuando Pablo Casado no denuncia los errores de Vox en la violencia machista, ni su inhumanidad ante la emigración, que es antidemocrática y anticristiana.

Tener las ideas claras es lo primero. Y no venderlas al mejor postor es lo segundo. Frankenstein no ha llegado a Bruselas, pero está paseándose por los alrededores del palacio de la Moncloa. El sueño de la ambición también produce monstruos.

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