Yo te digo mi verdad

Eurodiversión

Mi pasmo se acrecienta al ver, oír o leer como medio 'serios' dan una cobertura extraordinaria a su desarrollo

No entiendo el auge reciente del Festival de Eurovisión. O a lo mejor es que no quiero entenderlo. Ya escapaba a mis entendederas hace meses la polémica nacional sobre la elección de la representante de nuestro país, de la misma manera que he tenido que soportar durante semanas mi estupidez ante el análisis sesudo sobre una canción de estribillo monosilábico y letra incomprensible. Creo que está naciendo un código en el que no me valdrá de nada mi facilidad innata para los idiomas. O bien era que sólo valía para las lenguas muertas o moribundas.

Y ahora, perdido desde niño para mí el interés por este certamen, mi pasmo se acrecienta al ver, oír o leer como medios considerados 'serios' dan una cobertura de acontecimiento extraordinario a su desarrollo y resultado. Más aún cuando estaba descartada la sorpresa: Ucrania ha vencido lo mismo que, sin duda, habría ganado un ucraniano en Masterchef.

Dije antes que, más que incapacidad comprensiva, probablemente sea temor ante la conclusión que mi razonamiento descolocado pueda sacar de este fenómeno lo que me impide ahondar en su análisis. No sigo el Festival, lo he dicho, pero es imposible que no me lleguen destellos, ya que el brillo de su impacto mediático es, más que deslumbrante, cegador. Y, desde esta perspectiva incompleta, saco conclusiones para mí desoladoras, como el exceso de luces, de 'fortíssimi' musicales, de ritmos trepidantes y de afán gratuito por impresionar a un público ya entregado y fervoroso de antemano.

Así que el filósofo barato que anida en mi interior destila resúmenes descorazonadores y dibuja un mundo de oropel, donde una guerra de sonrisas fáciles con banderitas termina con un abrazo saltarín en el que nadie pierde. Si se pone dramático, ese pensador lego concluye que lo cursi, modernizado al siglo XXI, está triunfando de la misma manera que lo hace una concepción de la vida como algo no alegre (que es nuestro deber de nacimiento), sino desatadamente divertido.

En ese universo de multitudes atropellándose hacia la diversión juvenil, independientemente de la edad que se tenga, y que es paralelo al afán por amontonarse en lugares turísticos por ejemplo, Eurovisión sería un modelo perfectamente diseñado.

De todas formas, a ese filósofo durmiente y pesimista no le dejo manifestarse mucho.

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