Su propio afán

Estado. Estrado. Estrago

El Estado se usa como estrado en política exterior, mientras se hace estrago de Derecho en la doméstica

Una característica de la democracia que nos hemos dado es que los partidos en el gobierno usan el Estado como estrado para auparse en sus perennes campañas políticas, que son las que les importan. Se ve siempre; pero con la cumbre de la OTAN, por la altura, hemos alcanzado el pico. Sánchez está tratando, con Albares de palmero, de rentabilizar la visita de los presidentes de las naciones aliadas. Como necesita mucha altura para su desparramado prestigio, los aspavientos dan vergüenza ajena (o propia, porque es nuestro presidente de gobierno). Han comparado "su" cumbre madrileña con la caída del muro de Berlín y con la Conferencia de Yalta. Ea. Se les va la mano, porque necesitan muchas manos.

¿Cuánto gasto -institucional, en teoría- se va -por los vasos comunicantes de la comunicación política- al autobombo descarado? ¿Cuántas posturas de política internacional son nada más que herramientas para el electoralismo más doméstico e inmediato?

Del Estado como estrado en el exterior se pasa sin solución de continuidad al estrago del Estado de Derecho en casa. Por pura lógica: es muy difícil respetar lo que no se respeta. La querencia de Sánchez a aparecer con la bandera de España puesta del revés debería hacer saltar todas las alarmas de lapsus freudianos. La pulsión antidemocrática más desbocada salta a la vista en últimos movimientos en los órganos institucionales y los organismos públicos, del Consejo General del Poder Judicial al Instituto Nacional de Estadística, pasando por los consejos de empresas con capital público. Junto a la retórica más edulcorada sobre la democracia, oh, la democracia, ¡la de-mo-cra-ci-a!, Sánchez socava sus fundamentos claves, como la independencia de los controladores.

Por eso nos consolemos con una solución chapucera. Los acérrimos de las autonomías tienen un argumento en apariencia incontestable. Si no existiesen, todo el poder estaría en manos de Sánchez, que ahora tiene las barreras de Ayuso y Moreno. Eso es verdad. Pero si no nos hubiésemos cargado la división de poderes, no habría que refugiarse ahora en el burladero de una nación dividida. Contra el absolutismo democrático, las autonomías son sólo un mal menor, razón por la que gustan tanto al PP.

Mucho mejor sería sanar el estrago, no confundir Estado con estrado y estabilizar nuestras instituciones y la nación. Más que en un Estado de Derecho empezamos a estar en un estado de shock.

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