Yo te digo mi verdad

Espionaje y traición

Al parecer, ser o defender ideas que proclamen la separación del resto del Estado justifica que ese Estado te espíe

La capacidad de sorprenderse, es bien sabido, va remitiendo según uno va cumpliendo años, pero sobre todo según uno va cumpliendo estupores. Pero no por eso deja de llamarme la atención la manera tan comprensiva con la que muchos analistas, comentaristas y políticos de etiqueta democrática han acogido la noticia del supuesto espionaje a políticos, abogados, periodistas, empresarios y otros personajes catalanes por medio de un programa que sólo pueden adquirir los gobiernos. "Era lo mínimo que se podía esperar" podría ser el resumen de esas opiniones, sobre todo teniendo en cuenta que los espiados en su ámbito profesional, personal, social y familiar pertenecen al llamado mundo independentista.

Al parecer, ser o defender ideas que proclamen la separación del resto del Estado justifica que ese Estado te espíe. Pero cabría recordar que el independentismo, como cualquier proyecto político o administrativo no violento, es perfectamente legal en España, y que ha convivido bajo el paraguas de la actual Constitución desde que esta rige nuestra sociedad. Se puede estar en contra y creer, como es mi caso, que el nacionalismo separatista es una idea nefasta para la convivencia y para el progreso, pero nadie debería considerar que hay que prohibir su existencia. Y si no está prohibido tampoco debería ser espiado con fondos estatales, si es que éste es el caso.

Es justo reconocer, sin embargo, que la exacerbación de esas ideas independentistas y la elección de una vía unilateral extrema llevaron, no hace tanto, a Cataluña y a España a una situación más que peligrosa de enfrentamiento civil, cuyo estallido se evitó aplicando rigurosamente la ley. Si ya entonces hubo muchos que pensaban en enviar tanques a Barcelona, es de esperar que los mismos, e incluso más, vean natural un pinchazo telefónico mucho menos doloroso como remedio preventivo contra esa dolencia nacional.

Pero sería mucho más inteligente y conciliador reconocerles a los independentistas (como ya está escrito en nuestras leyes) su derecho a serlo y a luchar por su idea separatista, no demonizarlos como monstruos, al tiempo que se los combate con otras razones. Todo antes que usar armas ilegales que no hacen más que engordar esa faceta del victimismo, el arma más fácil y eficaz de la demagogia: "¿Véis cómo España no sólo no nos quiere sino que encima nos traiciona?"

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