Esperamos al coronavirus con una mezcla de fatalismo y curiosidad. Puede que, sin saberlo, seamos como el teniente Giovanni Drogo en El desierto de los tártaros, la muy citada novela de Dino Buzzati, que siempre sirve para adornar los artículos que tratan sobre los que esperan algún mal que no termina de llegar.

Según los viruescépticos, mutación del cuñadismo común, nos estamos comportando como gallinas histéricas ante lo que no es más que un "simple resfriado". Sin embargo, los expertos cada vez están más pálidos y señalan que todo será repentino. Es lo que tienen los crecimientos exponenciales, como el del Covid-19. Todo parece tranquilo hasta que de repente te ves rodeado de individuos infectados, si no eres tú mismo el portador de la enfermedad y su malanueva.

Lo dijo ayer Matteo Renzi, con una crueldad provocada por la antipatía que tiene al país: "España estará en una semana en las mismas condiciones que Italia", es decir completamente paralizada y sobrepasada. La pandemia está declarada oficialmente por la OMS y las autoridades ya no aspiran a reducir el número de contaminados, sino a distribuirlos mejor en el tiempo para evitar la saturación de los servicios sanitarios.

La misma Merkel, una política de cuyo sentido de la responsabilidad nadie duda, ha afirmado que el 70% de la población alemana acabará infectada. Después están los optimistas, los que sonríen y dicen que la epidemia del coronavirus servirá para corregir algunos de los perversos efectos de la globalización, como el de haber concentrado toda la producción industrial en China. Creen que muchas fábricas volverán a Europa y que, algún día, tendremos que agradecer nuestros empleos a ese diminuto enigma (todavía no se sabe muy bien si los virus son seres vivos) con aspecto de una mina marina. Otros tienen la lógica reacción de la risa floja, del chiste y el meme; o la de levantar un muro de erudición recordando las pestes bajomedievales.

En fin, cada uno se entretiene como puede esperando la llegada del coronavirus, incluso arramplando con todo el papel higiénico de los supermercados, como si el Covid-19 tuviese algún tipo de efecto laxante.

Nosotros preferimos mirar al horizonte, como el teniente Drogo, con cierta resignación senequista, recordando los grandes clásicos sobre epidemias: La peste, de Camus; El amor en los tiempos del cólera, de Gabo; El miedo en occidente, de Jean Delumeau; La guerra de Dios, de Carrascal Muñoz… Si nos tenemos que encerrar en casa, que sea en buena compañía.

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