ES probable que ya hayan desaparecido las famosas dos Españas ideológicas, esas dos Españas que se enfrentaban a garrotazos como los personajes del grabado de Goya y que inspiraron los famosos versos de Machado. Es cierto que esas dos Españas -tan obtusas como suicidas- perviven en muchas tertulias televisivas y en algunos periódicos, pero por fortuna ya no responden a la forma de pensar de la mayoría de la población. La gente de la calle, al margen de algunos casos de sectarismo incurable, suele ser mucho más sensata de lo que da a entender nuestra calamitosa clase política. Y suerte que es así.

En cambio, sí que existen otras dos Españas en el terreno de las condiciones laborales. Y esas dos Españas son la España de los empleados públicos -que tienen un sueldo asegurado de por vida-, y la España de los trabajadores del sector privado, que pueden quedarse en paro en cualquier momento. Durante los últimos 30 años, estas dos Españas han convivido más o menos sin problemas por una especie de pacto tácito que todavía dura: la España funcionarial aceptaba hacer un trabajo seguro en una dependencia pública, aunque ese trabajo fuera aburrido y sin perspectivas de mejora, mientras que la España del sector privado aceptaba hacer un trabajo arriesgado y con frecuencia mucho más duro, porque ese trabajo al menos ofrecía posibilidades de ascenso. Unos trabajadores asumían el tedio y la rutina, otros aceptaban el riesgo y la posibilidad de promoción interna, y parece que hasta ahora la cosa ha funcionado. Y eso que algunos trabajadores públicos tenían privilegios escandalosos: convenios que les permitían controlar la contratación del personal, blindajes salariales, jubilaciones anticipadas, etc.

Aena -el organismo público que gestiona los aeropuertos españoles- es el ejemplo típico de esas dos Españas laborales. Aunque es una empresa deficitaria que se sostiene con dinero del contribuyente, ha cedido a las amenazas de sus empleados (ya fueran controladores o personal de tierra) de paralizar el país en los momentos críticos, y así ha aceptado unos convenios abusivos o incluso delirantes. Con tal de no perturbar el tráfico aéreo, Aena ha aceptado todas las exigencias de sus empleados, hasta las más humillantes para los trabajadores de otros sectores que jamás iban a poder disfrutarlas. Por eso era razonable privatizar Aena. Y por eso es un disparate la huelga que han anunciado los trabajadores de los aeropuertos para Semana Santa y las vacaciones de verano. Muchas familias dependen de esos turistas para llegar a fin de mes. Y eso es lo que deberían aprender de una vez algunos trabajadores públicos que llevan demasiados años viviendo -y muy bien- de espaldas a la realidad.

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