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Cambio de sentido

La otra España vacía

Hay zonas turísticas en las que hay vida después del verano, pero otras se desfondan en invierno

Fue un hallazgo de Sergio del Molino otear el solar patrio en lontananza y, a continuación, acuñar el término "la España vacía", que ulteriores lecturas perfeccionaron con eso de "la España vaciada", en la que el participio mete el dedo en la llaga: que gran parte del país esté despoblado no se da por arte de birlibirloque; es una cuestión política. Pero hay otra España, vacía por temporadas, de la que apenas se habla. Más que vacía, es cíclicamente vaciada hasta lo fantasmagórico y llenada a reventar, provocando en su población, economía, idiosincrasia e infraestructuras un efecto yoyó. Se trata de esas zonas turísticas, principalmente costeras, que son casi pueblos fantasma en invierno y en las que en verano no cabe un alma.

En este tiempo, localidades a pie de playa, algunas de ellas echadas abajo y vueltas a levantar durante el desarrollismo (ya están prohibidas tales barbaridades urbanísticas) se saturan hasta el agobio. A los ayuntamientos de varias de ellas les parece una idea estupenda no dejar ni un solo tramo de playa y paseo libre: tiovivos, tenderetes, un trenecito, aparatos de gimnasia, bafles, escenario para el aeróbic, cancha de voley playa, un rocódromo, mesas de pimpón, hamacas chill out, la escultura de un percebe... El mobiliario se adentra hasta el mar, donde instalan una suerte de castillos flotantes. Aquello está de trastos hasta la bola. En otros sitios, en cambio, fieramente defendidos por la aridez o el levante, no se disponen de infraestructuras dimensionadas para tanta afluencia, por lo que, a veces, revientan. Algún verano, vecinos y visitantes de pedanías costeras han padecido el colapso de pozos ciegos.

Hay pueblos en los que queda mucha vida después del verano, pero otros se desfondan en invierno. En enero, tras el cristal del restaurante El ancla, dimensionado para cientos de personas, un aborigen toma a solas un güisqui en la barra. Es una estampa de Hopper, pero en la Costa del Sol. Da miedo hacer noche en el piso-playa: no hay un alma en todo el bloque. La mayoría de los comercios están cerrados. Chirría con el viento el mobiliario urbano. Me pregunto si en esta otra España tan intensamente contraída y dilatada acaso no se abren grietas, se gentrifica, sufre el impacto de lo uno y lo otro, deja de ser pueblo para convertirse en urbanización. Hay otras formas, más viables, sostenibles y respetuosas con nuestros pueblos, de hacer las cosas. Es misión política pensar en ello.

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