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Gafas de cerca

Tacho Rufino

jirufino@grupojoly.com

España puede esperar

La sensación de estar asistiendo a un teatrillo de cartas marcadas emborrona la democracia

Dejar las cosas para última hora es algo común, y no necesariamente inconveniente; por ejemplo, en periodismo es consustancial al oficio, y tampoco es sensato adelantar la ejecución de ciertas cosas, desde un huevo frito hasta una necrológica. Cuando la demora supone una pérdida, se está procrastinando, según un término antes tenido por pedante y hoy de uso generalizado. Quien procrastina sobre algo importante para su vida o la de los demás puede, una de dos, evadir su responsabilidad refugiándose en otras tareas más nimias o irrelevantes, o estar especulando con asuntos que no son propios, sino ajenos.

Este último es el caso de la formación del nuevo Gobierno del país. Sabido es que el sistema electoral y parlamentario permite plazos de negociación, aunque a algunos nos parezcan innecesariamente dilatados, y también se asume que la inflación del número de partidos -dure esta diversidad lo que dure- complica el intercambio de estampitas entre ellos y las colchas de retales en que pueden convertirse las alianzas. Lo malo es que dichas estampitas sean ajenas a los intereses del país, o sea, de sus ciudadanos, y se basen en la defensa de los electos traseros y los de sus camarillas. Estirando el razonamiento, lo peor de lo peor es que en realidad no pasa nada, o sea, que la economía y el devenir de las cosas de la gente y las empresas y las instituciones no se vean afectados por el trasiego, el trajín, el toma y daca y, no poco, el teatro de nuestro electos, que se nos aparecen entonces como prescindibles o, al menos, como secundarios -aunque cansinos chupacámaras-, si atendemos a su verdadera contribución al bien común (¿muy naif?). Y ya lo peor de lo peor de lo peor es que el debate de investidura que comienza justo cuando esto se escribe -ayer a las doce- sea la antesala de unas elecciones más o menos inmediatas… que ya estaban descontadas, o sea, que se sabía que iban a repetirse. O que, alternativamente, sean los pulsos partidistas los que nos tienen sin poder legislativo -y hasta ejecutivo- desde hace muchos meses, no sólo los dos últimos.

(Mientras, por al menos obtener algún entretenimiento, uno no ve la hora de ver al aduanero mayor del Estado español, el PNV -ahora, en la persona de Aitor Esteban-, que como siempre desde hace décadas, va al Parlamento, de umbralianas maneras, a hablar de su libro, o sea, "al merme" del cupo, la transferencia extra y la tajada de ocasión. Consumiendo su intervención con lugares comunes, generalidades y cosas en las que no cree. Unos artistas.)

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