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España y el Rey

La Monarquía ha sido durante siglos la garante de la unidad entre los españoles

Que fue un empeño sostenido de la Monarquía lo que hizo a España, por encima de tendencias centrífugas, de intereses locales y regionales o de grupos privilegiados y acomodados con el statu quo, eso no puede ponerse en duda. Por ello, desde que en el siglo X algunos reyes leoneses empezaron a titularse Imperator totius Hispaniae, hasta la consagración simbólica de la unidad de España en 1492, vinculada al fin de la Reconquista, todos los grandes avances en su proceso de construcción pacífica tienen que ver con uniones dinásticas: la del reino Aragón con el condado de Barcelona en 1137, la definitiva entre Castilla y León en 1230, la tan celebrada entre Isabel de Castilla y Fernando de Aragón en 1469. Si los sucesivos monarcas fueron intérpretes de ideas de unidad ya existentes, o si se movieron por intereses personales o familiares, cuando no por mera ambición y ansia de poder, eso es discutible y, en el fondo, irrelevante. Lo que importa es que, a falta de otro cimiento y otro cemento, la Monarquía ha sido durante siglos la garante de la unidad entre los españoles, el único valladar efectivo, por encima de cualquier idea abstracta, frente a los demonios que nos empujan a la dispersión y al cainismo.

Ha sido y lo sigue siendo. Y una prueba la tuvimos los cientos de asistentes al almuerzo ofrecido el martes por Diario de Cádiz con motivo de su 150 Aniversario, presidido por Felipe VI. Los convocados en la Antigua Estación de Cádiz, perfecta metáfora y resumen de la caldera que es hoy España, éramos gentes de todas las tendencias imaginables, pero capaces de compartir mesa y conversación, escuchar con atención y aplaudir al Rey, y de mostrar una heroica compostura frente al rigor veraniego sin que nadie sucumbiera a la tentación de aflojarse la corbata. Pero quizá lo más llamativo fuera la alegría que reinaba en el ambiente, la impresión de que durante unas horas y en presencia de su Majestad las consuetudinarias diferencias quedaban abolidas para poder sumergirnos en la celebración que a todos unía. ¿Era propiciado todo ello por la simple presencia de don Felipe? ¿Alguien puede creer que todo hubiera sido igual sin el Rey? Sólo sé que algo hizo que los asistentes viviéramos algo solemne y a la vez personal, tan institucional como fraterno. Supongo que eso justamente es un pueblo y por ello, a los ojos de todos afloraba España, la invisible.

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