Puente de Ureña

Rafael / Duarte

Espacio Camarón

El alma es la última puntada de Dios para hacernos distintos, que no debe morir. El alma debe ser eso que pone los vellos de punta, los sentidos abiertos, cada pelo en su poro, cada voz en su cuerda.

Hay, ay, ahí, un cierto sinsentido con sentido. Un poco de todo lo que debe sumar, más lo que resta. Cavada, la acabada intuición de los políticos que nunca bajan a la sed del pueblo.

El Loaiza, el invisible Loaiza, que anda cuajando lo que llaman Espacio Camarón, con la impagable ayuda de Enrique Montiel, bel ami cañí, de Manolo López Luque, amigo íntimo del cantaor, y de varios eminentes de la afisión flamenca, tienen revolucionado al cotarro.

El otro día, paseando las callejuelas, en la isla callijuelas, que pasearlas antaño con los pedruscos, mataba los callos, de ahí el calli isleño. Me acordaba de gente que ya no está y que amaba a José, digo Eduardo Bonmaty, digo el Chaqueta, digo Salvador Aleu…Y entonces, el tronío específico del barrio tendría que ser, me llevó a la Carbonería. Nico le daba a la guitarra, ese viento sin aire, ese pozo sin agua, de brocal silencioso, como un ojo con alas, y salió cantando Felipe el Chofer, caracoleando con la voz, mientras la concurrencia, Rafael García, Antonio Tocino y José A. Barroso, nudilleaban en el mostrador, porque el compás está en el corazón del alma, donde anidan las artes, los misterios y las cositas de dios. Tengo que llevar allí a Montiel, a Chamorro, a Villanego, a la tele. Porque en las paredes está la Isla, museísticamente hablando, fotos de José torero, de rincones donde la luz era otro espacio, la citarilla del Zaporito, reuniones flamencas, carteles de toros, un zaquizamí loable y evocativo.

Pero la voz de Felipe, moduladamente semitonal, la guitarra de Nico, aquel recodo del barrio que parece una contrabarrera de las callejuelas, el domingo enguantado por las nubes oyentes. Ah. José Monge, nuestro Cid andaluz, mito y asombro. Alma ya de los astros y los sueños.

Solamente la voz, sólo el oído,

La garganta asumiendo un firmamento,

buscando semitonos al gemido,

ascendiendo la música a lamento

de cámara y sentina entretejido,

arrabal con el llanto en sentimiento

embocando la música y el viento

en nuevas incisiones del sonido.

Eso fue Camarón, eso que, acaso,

creció desde las ascuas del fracaso

en su Isla, su fragua y su valía.

Ecos de gubias sin tallar los sueños.

Fondos de agua en la Carbonería.

Fundador del quejío más isleño.

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