El gobierno los ha señalado, y todos hemos estado de acuerdo: hay unos pocos servicios, sectores, personas, colectivos e incluso objetos, que son esenciales. Y otros muchos, que no lo somos.

Y así, hemos decretado por consenso que son imprescindibles quienes nos cuidan, los que nos dan de comer, las que limpian, las que barren las calles, las periodistas y los que nos comunican entre nosotros y los demás, los que llevan todas esas cosas de un lado a otro. Las médicas, los sanitarios, las limpiadoras, las cajeras y reponedores, las ganaderas y los agricultores. Son necesarios porque ellos hacen posible otro elemento esencial y básico: la salud, como siempre se ha sabido.

También el uso social, por sí mismo y mira por donde, ha dictaminado que son necesarios la música, las películas, los libros, y no el fútbol ni comprar una blusa cada semana. Aún me pregunto, en medio de todo esto, cómo el gobierno ha dictado que se abran los estancos y no las librerías, pero eso será porque yo no fumo. Desde el campo llega otro lamento, ahora que empieza la temporada de fruta: la terrible falta de mano de obra porque la inmensa mayoría estaba compuesta por temporeros migrantes que no pueden llegar. También esenciales los inmigrantes, pues, aunque esto no haya manera legal de declararlo.

Por exclusión, casi habría que declararnos prescindibles o superfluos a todos los demás: a los columnistas, pero sobre todo a los que de pronto se han descubierto como expertos en epidemiología y gritan que Fernando Simón es un inepto y que el Gobierno tendría que haber tomado medidas antes; son necesarios los políticos que, aunque sea entre feroces críticas, apoyan los decretos de sentido común, y prescindibles los que se niegan a hablar con el presidente y sólo están empeñados en que se vaya; son esenciales los artistas y sobran los propagadores de mentiras por redes sociales. Yo diría que es esencial Luis Eduardo Aute, pero eso también va en gustos.

Y es esencial mantener la memoria para después, y cuidar a esos imprescindibles, desgraciada y normalmente maltratados y mal pagados cuando no hay crisis. Ya sabéis, los mismos que hemos dicho antes: los sanitarios, las limpiadoras, las cajeras, los agricultores, los transportistas, las dependientas, los inmigrantes, las artistas... No sé si estamos aprendiendo algo con esta crisis, soy muy pesimista en cuanto a esto, pero una lección esencial sería que a los esenciales hay que cuidarlos, mimarlos. Y por supuesto, pagarles mejor.

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