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Escoceses de Escocia

Trevor-Roper tiene explicado cómo la tradición escocesa es fruto de una profunda mixtificación de la irlandesa

Tras la victoria del SNP, el Partido Nacional Escocés, las fuerzas independentistas de la señora Sturgeon se ven más cerca de un referéndum que los aleje de la Pérfida Albión (Lope) y los aproxime, siquiera vagamente, a la Europa raptada por el coronavirus. No es cuestión de detenerse ahora en ello, pero parece lógico que el chauvinismo exacerbado que propició el Brexit, con el señor Johnson de tenor y el señor Farage de barítono, tenga su eco en este repunte de lo escocés, en esta vindicación de los highlanders, cuyo futuro, de naturaleza esquiva, habrá de deparar, sin duda, horas de incertidumbre y de amargura a ambos lados de las Lowlands.

Trevor-Roper tiene explicado cómo la tradición escocesa es fruto de una profunda y reiterada mixtificación de la irlandesa, que incluye las costumbres y la indumentaria de una zona marginal e inhóspita como las Highlands. Sin embargo, no queremos detenernos ahora en el kilt y su reciente división en clanes (asunto éste que debe atribuirse a la florida imaginación de sir Walter Scott, con motivo de una visita de Jorge IV a Edimburgo), sino en una cuestión paralela, cual es la importancia de los escoceses en la imagen de la Gran Bretaña imperial. ¿Cómo van a convencernos de que Conan Doyle y Robert Louis Stevenson son un epítome de lo escocés y no la expresión más depurada del Londres victoriano? ¿Y cómo aceptar que la caballerosa épica de sir Walter Scott no guarda relación alguna con el romanticismo británico? La filosofía de Hume y Adam Smith son hijas de Edimburgo, de la Atenas del Norte, como se le llamó entonces, en cuya universidad ejerció más tarde Joseph Bell, el forense con carrick que daría ocasión al personaje de Sherlock Holmes. De modo que la Gran Bretaña del XVIII y el XIX, esto es, la Gran Bretaña empirista, librecambista y metropolitana, no parece que pueda deslindarse fácilmente de Sherlock y Watson, de Jeckyll y Hyde, de la doctrina económica de Smith o de los rudimentos empíricos de Hume. Tampoco de la vasta ensoñación medieval que propició sir Walter, ni del morboso interés por los crímenes (crímenes ocurridos al amparo de la multitud y la noche, como recordaba Coleridge) que glosó con admiración un inglés trasterrado a Escocia como De Quincey.

Esto implica que cuando los independentistas escoceses se pongan a ver cuál es su ser específico e intransmisible, igual descubren que son la imagen viva de lo inglés. Y por mejor decir, de lo británico.

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