La costa de Cádiz se divide en función de la fauna que la ocupa. Los sevillanos son de Sanlúcar, Chipiona, Los Caños y, en parte, Rota. Los bilbaínos del Novo y los madrileños son mucho del tramo de costa entre Zahara y Conil. Lo de los sevillanos es una vecindad antigua a la que nos habíamos acostumbrado desde tiempo inmemorial. Los de Bilbao, en realidad, no salen del Novo para nada: se encierran en la urbanización entre el glof, la playa, la piscina y el pádel.  Pero  lo de los madrileños es una moda reciente: desde que un grupo de pijipis de la capital empezaron a venir por aquí , pusieron de moda en Madrid  el concepto "las playas de Cádiz" que ha dado cobijo a artistas de todo pelaje y a bohemios de distinta condición. Bienvenidos sean. Entre unos y otros han conseguido que en verano comerse una caballa o pedir una ración de pescao (ellos dicen "pescaíto") sea una epopeya o un sufrimiento para el bolsillo. Debe ser el canon a pagar porque una zona se ponga de moda, y ahora todo se mide por el mismo baremo: crea empleo. Si se generan puestos de trabajo no se puede rechistar a riesgo de que te llaman insensible, facha o cosas peores. Si se crean puestos de trabajo da igual que el camarero te maltrate, te peguen un clavazo o te pongan un vaso en tecnicolor. Todo sea por el empleo. Los madrileños han puesto también de moda las puestas de sol. Así, como lo oyen: las puestas de sol. Eso que ocurre todos los días con asombrosa meticulosidad para los madrileños es algo mítico e insólito: un espectáculo cósmico. No es que busquen el rayo verde, que como todo el mundo sabe es una patraña. Es que para ellos la misma puesta sol en el mar alcanza la categoría mística. Porque hay que decir aquí que los madrileños que nos visitan son de ese tipo de bohemios urbanos, los que buscan las redes telúricas de la tierra, los que se reúnen en algún punto mágico con la llegada del solsticio de verano, los que son capaces de admirar el fenómeno más vulgar de la naturaleza con arrobo. Debe darlo el hecho de vivir rodeado de cemento, lo que obliga a que las puestas de sol sean entre bloques de pisos de Moratalaz o Carabanchel. Llegan los madrileños a los chiringuitos de El Palmar y empiezan a aplaudir el ocaso como si fuera la primera o la última de su vida . Esta mañana, sin ir más lejos, a las 9.05 ha llegado el equinocio de otoño, que no sé si significa algo especial pero ocurre cada año con asombrosa reiteración. Puede que los madrileños y los bohemios en general se hayan reunido en torno a cualquier lugar con trascendencia mística. Esto de ser bohemio   requiere mucha dedicación y uno está ya en la edad provecta: hay que estar pendiente a la naturaleza, hay que vestir de manera "casual", hay que estar pendiente del calendario y de las modas y juntarse con otros con las mismas extrañas costumbres, como si fueras de una tribu celta o de alguna secta esotérica  donde te informan de las perseidas o donde te convocan a una conjunción astral. Incluso la moda esa del chill out   nos llegó desde el movimiento new age y ya ha alcanzado el nivel  de chiringuito con pretensiones . Ahí se sirven  las puestas de sol con aplauso. 

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